Dicen que una imagen vale más que mil palabras. Si eso es cierto, esta imagen contiene mucho más de lo que jamás planifiqué contar.
Elijo compartir esta reflexión en el primer aniversario de la toma de esta foto, el Día de las Madres de 2025. Dejé la imagen en este post a propósito para que, cuando te invite a mirarla otra vez, puedas hacerlo. No, esto no es narcisismo. Se trata de un testimonio. Así que sigue leyendo; te prometo que llegaré a un punto.
Cuando miras la foto, ¿qué ves? Lo más probable es que no conozcas la historia detrás de ella. Pero hoy, me toca compartirla.
Cuando se tomó esa foto, yo debería haber estado a solo unas semanas de dar a luz a nuestra bebé, Rebekah. Mira de nuevo. Notarás algo de inmediato: no se me nota el embarazo.
Y esto es porque cinco meses antes, estuve a punto de perder la vida durante un aborto hemorrágico. Todo parecía estar bien; los resultados de su ADN eran perfectos. Estaba viviendo el embarazo más tranquilo y sin ansiedad que había tenido. Y luego, en un momento en que aún se siente irreal, ya no se pudo encontrar su latido. Lo que siguió fue una hemorragia incontrolable, una intervención de emergencia, una transfusión de sangre, una cirugía… y después, volver a casa para decirles a mis hijos que su hermanita nació en el cielo, pero no en la tierra. No existe un manual para este tipo de conversación.
La semana en que se tomó esta foto traía consigo su propio peso. Me habían pedido que cantara una de las canciones de adoración más poderosas que he conocido, «Declaro a Cristo». Un amigo, consciente de todo mi proceso, me dijo con ternura: “Es un llamado pesado”. Y tenía razón.
Me encontré enfrentando muchas emociones al mismo tiempo: duelo, gratitud, confusión, obediencia. Sentí que Dios no me estaba pidiendo resolver esos sentimientos, sino reconocerlos. Permitirme que coexistieran.
Estaba profundamente agradecida por dos hijos sanos e increíbles que han superado todas las expectativas que los médicos, a la luz de sus diagnósticos de autismo y TDAH, pusieron en ellos. Estaba de duelo porque ese Día de las Madres debía haber caído en mi última semana de trabajo antes de tomar mi licencia de maternidad. Estaba quebrantada, pensando en las mujeres de la congregación que, en silencio, estaban cargadas de pérdidas similares, sin ser vistas. Y anhelaba respuestas que no tenía, con la esperanza de poder, de alguna manera, “cerrar el capítulo”.
Pero por primera vez en buen tiempo, no intenté cantar con mis propias fuerzas. No intenté explicarlo espiritualmente. Simplemente le dije a Dios la verdad: «Esto es difícil».
Al mismo tiempo, nuestra iglesia atravesaba una temporada profundamente delicada. La esposa de nuestro pastor, amada, fiel y profundamente apreciada, luchaba valientemente contra el cáncer. Había incertidumbre, oración colectiva y un dolor compartido que pesaba en el ambiente. Apenas unos días después de que se tomara esta foto, ella partió para estar con Jesús a los 47 años.
Fue una temporada marcada por duelo tras duelo. Ese día, de pie ahí, recuerdo haberme rendido en silencio. No con palabras pulidas. Solo una entrega santa. «Dios, no puedo hacer esto sola. Y no quiero hacerlo. Estoy quebrantada y me duele».
La Escritura nos dice: “El Señor está cerca de los quebrantados de corazón; rescata a los de espíritu destrozado”. Salmos 34:18 (NTV)
Desde entonces he aprendido algo sagrado. Cuando atravesamos una pérdida profunda, nuestro corazón nunca vuelve del todo a su forma original. Permanece sensible. Un poco fracturado. Pero, curiosamente, es ahí donde Dios decide habitar más de cerca. El quebrantamiento se convierte en el espacio donde Su presencia se siente más cercana, no porque el dolor sea bueno, sino porque Él es fiel.
Hay una clase de afinación que solo ocurre durante la rendición. No en la emienda. No en la ejecución. Solamente en el permanecer presente.
Comparto esto no para reabrir heridas, sino para decirte: si tu corazón se siente roto, no estás abandonado. No estás atrasado. No estás descalificado. Estás más cerca de lo que piensas.
Y a veces, la oración más afinada espiritualmente que podemos ofrecer es simplemente esta:
Dios, no puedo hacer esto solo.
Y eso es suficiente.
Afinémonos.




Ufff! La hermosa y a su vez incomprensible soberanía de Dios plasmada en este testimonio. Te amamos Dios, con o sin! Gracias por compartir Joeli.