FLORECE DE TODOS MODOS

Todavía recuerdo caminar por el campus de mi universidad hace años y pasar frente a una zona de construcción.

Nada se veía terminado. La tierra estaba removida. Había estacas clavadas en el suelo, la grama estaba incompleta. Era uno de esos lugares por los que uno pasa sin prestar mucha atención porque, siendo honestos, las zonas de construcción no suelen gritar: “¡inspiración!”

Pero algo captó mi atención. Habían sembrado árboles nuevos.

Sus ramas estaban amarradas, recogidas hacia adentro, restringidas. No estaban libres para extenderse como naturalmente lo harían. Se veían limitadas. Contenidas. Casi incómodas. Y aun así, estaban llenas de flores. Esa imagen se quedó conmigo.

Aquellos árboles no estaban esperando mejores condiciones para mostrar su belleza. No posponían su crecimiento hasta que quitaran las estacas, nivelaran la tierra o el espacio alrededor se sintiera más abierto. Estaban floreciendo de todos modos. Y si les soy sincera, no siempre he vivido así.

Durante mucho tiempo cargué con esta creencia silenciosa de que iba a florecer de verdad cuando llegara la temporada “correcta”. Cuando la plataforma fuera más grande, cuando el reconocimiento estuviera a la altura del esfuerzo, cuando las circunstancias por fin se alinearan con lo que yo pensaba que debían ser.  Pero la Escritura rara vez presenta el crecimiento de esa manera.

Abraham esperó décadas antes de ver cumplida la promesa. David fue ungido mucho antes de usar una corona. Moisés pasó años en el anonimato antes de liderar una nación. Incluso Jesús vivió treinta años en silencio antes de tres años de actividad pública. 

El Reino de Dios no se construye en lo visible. Se construye sobre la fidelidad. Y muchas veces la fidelidad se forja en lugares escondidos.

En Mateo 6, Jesús habla una y otra vez del Padre que ve lo que se hace en secreto. Él no dice: “Cuando la gente te afirme.” No dice: “Cuando tus dones sean reconocidos.” No dice: “Cuando todos finalmente entiendan tu valor.”

Él dice que el Padre ve. Esa es la diferencia entre desempeño y propósito.

El desempeño necesita una audiencia. El propósito necesita obediencia.

Y esa verdad comenzó a revelar algo en mí. Empecé a notar cuántas veces mi motivación se conectaba silenciosamente con la idea de ser reconocida. Incluso en las cosas pequeñas, como ordenar una habitación, servir detrás de escena, hacer lo que tenía que hacerse, y si nadie lo notaba, algo dentro de mí se desinflaba. Y esto se me hizo muy incómodo de admitir.

Porque reveló que mi gozo al servir a veces era condicional. Quería obedecer, pero también quería una prueba de que alguien lo había visto. Quería servir, pero también quería el recibo emocional. 

Y sí, poner límites saludables importa. Servir a Dios no significa permitir que nos pisoteen, ignorar la sabiduría ni permitir que otros maltraten lo que Él nos ha confiado. Pero a veces lo que llamamos “protección” en realidad es nuestro intento de controlar resultados que Dios nunca nos pidió controlar.

Colosenses 3:23 dice: “Trabajen de buena gana en todo lo que hagan, como si fuera para el Señor y no para la gente.” (NTV)

Y déjame decirte algo: ese versículo parece simple hasta que tenemos que aplicarlo en nuestra casa o en nuestra vida. En temporadas en las que estaba cuidando niños, manejando el hogar y cargando con esas tareas invisibles que parecen no terminar nunca, me di cuenta de lo fácil que puede crecer el resentimiento cuando la apreciación no va al mismo ritmo que el esfuerzo.

Si limpiaba esperando aplausos, terminaba decepcionada.
Si servía esperando validación, me sentía invisible.
Si trabajaba por reconocimiento, me cansaba de una manera que el descanso no podía arreglar.

Pero cuando aprendí que mi trabajo era primero para el Señor, algo cambió.

El resultado no estaba en mis manos.
El reconocimiento no era mi recompensa.
Dios lo era.

Eso fue lo que me enseñaron aquellos árboles. Estaban amarrados, pero seguían arraigados. Y las raíces importan más que las ramas. Cuando nuestra identidad está anclada en Cristo, las limitaciones no cancelan el fruto. Las temporadas escondidas no borran el llamado. La restricción no elimina el propósito.

Salmo 92:12 dice: “Pero los justos florecerán como palmeras y crecerán fuertes como los cedros del Líbano.” (NTV)

Los justos no florecen porque las condiciones siempre son perfectas. Florecen porque están profundamente arraigados.

La vida Afinada Espiritualmente no se trata de esperar circunstancias ideales para crecer. Se trata de estar tan arraigados en la verdad de Dios que podamos florecer donde sea que Él nos plante. No floreces porque todo a tu alrededor sea libre y fácil.  Floreces porque estás arraigado.

Así que tal vez la verdadera pregunta no sea: “¿Cuándo se abrirá finalmente esta temporada para mí?”

Tal vez la mejor pregunta es:

¿Estoy buscando el Reino por encima de todo?
¿Estoy siendo fiel con lo que tengo delante?
¿Estoy dispuesto a florecer aun en la temporada en la que estoy?

Mateo 6:33 dice: “Busquen el reino de Dios por encima de todo lo demás y lleven una vida justa, y él les dará todo lo que necesiten.” (NTV)

Cuando el Reino está primero, la fidelidad basta. Y cuando la fidelidad alcanza un punto suficiente, dejas de medir tu valor por el reconocimiento. Dejas de esperar a que te “desamarren” para prosperar. Dejas de posponer la obediencia hasta que el ambiente se sienta perfecto. 

Florece.

Aún en zonas de construcción. 

Aún en temporadas escondidas.
Aun cuando nadie aplaude.
Aun cuando la tierra todavía se ve removida.

Porque el Padre ve. Y ser visto por Él es más que suficiente.

Afinémonos.

Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *

error: Content is protected !!