LA GRACIA EN LAS GRIETAS

Se me hizo más fácil amar la Iglesia el día en que dejé de fingir que no estaba quebrantada.

No quebrantada de manera dramática. No como para titulares de noticias. Simplemente humana. Frágil. En proceso.

Hubo una temporada en la que escribí en mi diario: “La sanidad es posible.” Todavía recuerdo la esperanza que sentí al escribir esas palabras. No porque todo estuviera arreglado de repente, sino porque por fin había dejado de pelear contra el proceso de sanación.

Durante mucho tiempo pensé que la santificación era una lista de tareas.

  • Arregla esto.
  • Mejora aquello.
  • No falles en eso.
  • Mantente fuerte aquí.

Pensaba que crecer significaba mantener una versión refinada de mí misma. Pero la verdadera santificación no consiste en proteger una imagen. Se trata de rendirle a Dios nuestras capas, una por una, y permitirle formar en nosotros a Jesucristo con el tiempo.

Mientras más camino con Jesús, más entiendo que seguirlo no borra nuestra humanidad. Jesús la expone con ternura, con consistencia y con amor. No para avergonzarnos, sino para transformarnos.

Pero por alguna razón, lo tendemos a olvidar.

Se nos olvida cómo se sentía necesitar gracia por primera vez. Se nos olvida el hoyo del que Dios nos sacó. Se nos olvidan las oraciones que hicimos cuando estábamos desesperados. Y es entonces, cuando alguien falla o no llena nuestras expectativas, nos sorprendemos. Nos ponemos tercos. Analizamos. Y tratamos de corregir demasiado rápido.

En vez de preguntarnos: “¿Cómo amaría Jesús en este momento a esta persona?”, tendemos a reaccionar ante nuestra propia incomodidad.

Mi pregunta entonces es: ¿y si el quebranto que vemos en otros es, en realidad, un espejo? ¿Y si es un recordatorio de nuestra propia necesidad de misericordia constante?

Salmo 147:3 dice: “Él sana a los de corazón quebrantado y les venda las heridas.”

Este versículo no tiene fecha de expiración. No es solo para el momento en que aceptamos a Jesús por primera vez. Es para cada temporada, cada tropiezo y cada momento en que nos percatamos de que todavía estamos siendo formados.

Dios nos salva en un momento, pero nos moldea durante toda la vida.

Y es en ese proceso donde crece la humildad.

Si lideras en alguna capacidad, en la iglesia, en el trabajo, en tu hogar o incluso en un pequeño círculo de influencia, sabes bien que las personas solo pueden aparentar una transformación por un tiempo. Tarde o temprano, lo que hay en el corazón sale a la luz. Se nota en su tono, en sus motivaciones, en su consistencia, en sus reacciones y en la forma en que tratamos a los demás cuando los retamos.

Por eso el cambio genuino siempre empieza por dentro, en nuestro interior.

Así que les confieso que cuando fui más honesta sobre mi propia necesidad de sanidad, algo cambió en la manera en que veía a los demás. Ya no era tan rápida para juzgar. Ya no tenía tanta prisa por corregir. Sentía compasión en vez de frustración.

Porque venían mis memorias. Recordaba cómo se sentía ser la persona que esperaba que alguien tuviera paciencia conmigo.

Hay una diferencia entre la vergüenza y el quebranto.

La vergüenza dice: “Escóndete.” El quebranto dice: “Sáname.”

La vergüenza aísla. El quebranto invita a Dios a entrar a nuestro ser.

Y la Escritura nos dice: “El Señor está cerca de los que tienen quebrantado el corazón; él rescata a los de espíritu destrozado” (Salmo 34:18). 

No está distante. No está molesto. Está cerca. Y esto cambia la manera en que amamos.

El quebranto no es hermoso porque el dolor sea bueno. El dolor no es bueno. La pérdida no es buena. El pecado no es bueno. Pero el rendirse es bueno. La restauración es buena. La manera en que Dios toma nuestras cenizas y trae belleza… es glorioso.

He visto a Dios usar temporadas que en algún momento quise borrar para enternecer mi corazón. Para hacerme más paciente. Para detener mis reacciones. Para hacerme dejar de llevarme por las apariencias y ser más atenta al fruto.

Charles Stanley dijo una vez: “Dios permite el quebranto en nuestras vidas para traer una bendición.” Al principio no lo entendía, pero ahora sí.

La bendición no es el dolor.

  • La bendición consiste en depender de Dios.
  • La bendición es la humildad.
  • La bendición es una conciencia más profunda de Su gracia.
  • La bendición es aprender a amar a los demás desde el lugar donde Dios nos amó primero.

Cuando abrazamos esa verdad, algo cambia:

  • Dejamos de evitar a las personas quebrantadas.
  • Dejamos de evitar nuestros propios puntos débiles.
  • Empezamos a ver el quebranto como tierra fértil: el lugar donde a Dios le encanta hacer crecer algo nuevo.

Así que, si estás luchando por amar a alguien en medio de su desorden, o por amarte a ti mismo en el tuyo, recuerda esto: Dios no ha terminado.

Él todavía está sanando. Todavía está restaurando. Todavía está formando a Cristo en ti. Y precisamente el lugar que se siente más agrietado puede ser el lugar por donde más brille Su luz.

Eso no es negar el dolor. Eso es esperanza arraigada en la redención.

Y ese es el tipo de quebranto que nos lleva a la plenitud.

Afinemos el corazón.

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