He cantado Gratitud, por Brandon Lake, más veces de las que puedo contar.
En la iglesia, en el carro, en temporadas de plenitud y en temporadas frágiles. Y cada vez que llega esa frase , “Lo único que tengo es un Aleluya”, algo dentro de mí se detiene.
Porque, a veces, eso es realmente todo lo que tenemos. No la respuesta. No la claridad. No la resolución por la que oramos. Ni el milagro que pensábamos que ya habría llegado.
Solo un Aleluya.
La mayoría de nosotros sabemos lo que significa esa palabra: “Alaben al Señor”. Proviene de la expresión hebrea hallelū-yāh: una invitación a alabar a Yah, el Señor. Y por supuesto, yo sé eso; lo he sabido durante años.
Pero conocer el significado de una palabra y comprender lo que puede costarnos pronunciarla son dos cosas muy diferentes.
Porque es fácil decir aleluya cuando la oración es respondida como esperábamos. Surge naturalmente cuando la puerta se abre, cuando llega la provisión, cuando ocurre la sanidad o cuando finalmente sentimos que el peso se levanta.
Pero ¿qué sucede cuando la puerta permanece cerrada? ¿Qué sucede cuando la respuesta tarda? ¿Qué sucede cuando la temporada todavía se siente pesada y todo lo que podemos ofrecerle a Dios es una alabanza temblorosa, apenas susurrada?
Es entonces cuando un aleluya se convierte en algo más que una palabra. Se convierte en entrega.
Cuando comencé a prestar atención a cómo aparece la alabanza en las Escrituras, noté algo: la alabanza no está reservada para circunstancias perfectas. Los Salmos están llenos de adoración, pero no son palabras pulidas ni fingidas. En ellos encontramos alegría, dolor, temor, arrepentimiento, espera, batalla y asombro.
David alabó desde cuevas. Israel alabó durante temporadas en el desierto. Pablo se regocijó desde una prisión. La alabanza nunca tuvo la intención de negar nuestra realidad. Es una manera de volver a alinear nuestro corazón con la verdad.
No significa que todo se sienta bien. Significa que Dios sigue siendo bueno.
Esto cambió la manera en que comencé a leer Filipenses 4:
“Estén siempre llenos de alegría en el Señor. Lo repito, ¡alégrense!” “No se preocupen por nada; en cambio, oren por todo.”“Díganle a Dios lo que necesitan y denle gracias por todo lo que él ha hecho.” Filipenses 4:4, 6 NTV
Pablo escribió esas palabras desde una prisión, y esto importa. Él no estaba escribiendo desde un lugar cómodo, ni ofreciendo frases bonitas para el pensamiento positivo. Estaba escribiendo desde la cárcel y, aun así, su corazón permanecía anclado en Cristo. Su alegría no estaba arraigada en sus circunstancias. Su paz no dependía de su comodidad. Su gratitud no esperaba que todo tuviera sentido.
Eso no es optimismo emocional. Es disciplina espiritual. Es la práctica diaria de traer de regreso a la verdad sobre quién es Dios en nuestros pensamientos ansiosos, en nuestras expectativas no cumplidas y en nuestras preguntas sin respuesta.
Dietrich Bonhoeffer, quien también escribió desde la prisión, dijo una vez: “Solo por medio de la gratitud la vida llega a ser verdaderamente rica”.* Esa clase de gratitud no es superficial, no ignora el dolor, no apresura el duelo, no coloca una frase espiritual sobre una herida y pretende que ya está sana.
La gratitud bíblica es mucho más profunda.
Mira el dolor y aun así dice: “Dios, Tú eres fiel”.
Mira lo desconocido y aun así dice: “Dios, Tú estás cerca”.
Mira la espera y aun así dice: “Dios, confío en Ti”.
Hay temporadas en las que un aleluya surge fácilmente. Y luego están las temporadas más silenciosas. Temporadas en las que nuestras expectativas cambian. En las que las puertas se cierran. En las que nuestras oraciones parecen no tener respuesta. En las que Dios está formando algo debajo de la superficie que todavía no podemos ver.
En esos momentos, un aleluya tiene menos que ver con el volumen de nuestra voz y mucho más con la postura de nuestro corazón.
No significa: “Lo entiendo”. No significa: “Me siento fuerte”. No significa: “Esto era lo que quería”.
Significa: “Señor, confío en Ti”.
He vivido temporadas en las que mi alabanza ha sido fuerte. También he vivido temporadas en las que apenas ha sido un susurro. Pero he aprendido que ambas pueden ser adoración.
Un aleluya fuerte puede honrar a Dios. Pero también puede hacerlo uno silencioso.
El que pronunciamos entre lágrimas.
El que cantamos con el corazón cansado.
El que ofrecemos cuando nuestra fe se siente pequeña, pero aun así sigue buscando a Dios.
Un aleluya es suficiente cuando celebramos lo que Dios ha hecho. Un aleluya es suficiente cuando todavía estamos esperando aquello que Él prometió. Un aleluya es suficiente cuando estamos sanando, siendo refinados y formados en lugares que nadie más puede ver.
No porque la palabra en sí misma tenga poder. Sino por Aquel a quien estamos alabando.
Aquel que ha sido fiel antes.
Aquel que está presente ahora.
Aquel que permanecerá firme mucho después de que esta temporada haya pasado.
A veces, la adoración parece triunfante; a veces, una perseverancia silenciosa; a veces, levantaa las manos, y otras veces, las abre para soltar.
Quizás esa sea la invitación: no traerle a Dios una canción perfecta, pero un corazón honesto. Porque cuando todo lo que tenemos es un aleluya, no llegamos con las manos vacías. Llegamos sosteniendo una alabanza.
Y la alabanza tiene una manera especial de volver a afinar nuestros corazones con la verdad:
Dios sigue siendo bueno.
Dios sigue estando cerca.
Dios sigue siendo digno.
Y si todo lo que tenemos en este momento es un aleluya sencillo y constante… entonces quizás tenemos mucho más de lo que pensamos.
Afinémonos.
* Dietrich Bonhoeffer, Letters and Papers from Prison (Nueva York: Touchstone/Simon & Schuster, 1997), 52.



