¿SE DIERON CUENTA?

El Lento Proceso de Desenredar la Validación

Esta entrada del blog comenzó como una broma.

Estaba hablando con una amiga que estaba emocionada porque un líder le había dado un “high five“. Fue algo ligero, y sinceramente, la entendí. Hay algo en ser reconocido por alguien a quien respetas que te hace sentir: “Estoy haciendo las cosas bien. Estoy bien. Estoy aprobado aquí.

En algún momento de la conversación, bromeé diciendo que a veces todo lo que sentimos que necesitamos es “la estampilla” de aprobación.

La estampilla. El high five. La mirada de aprobación. El “buen trabajo”. La confirmación de que no estoy fallando, de que no me están pasando por alto, de que no estoy decepcionando a todos en silencio.

Pero después de decirlo, algo dentro de mí hizo una pausa.

Porque aunque sonó gracioso, reveló algo mucho más profundo.

¿Cuántas veces hemos sido entrenados, incluso sin darnos cuenta, a esperar la aprobación de alguien más para creer que estamos haciendo las cosas bien?

¿Cuántas veces hemos servido, liderado, creado, adorado, ayudado, trabajado o compartido algo con una pregunta silenciosa bajo todo?

“¿Se dieron cuenta?”

Y quizá, aún más profundo:

¿Soy suficiente?”

Ahí es donde la validación comienza a enredarse.

Porque la afirmación no es mala. El ánimo es hermoso. Un sincero “buen trabajo” puede darle vida a alguien. Un cumplido oportuno puede recordarle a una persona que su esfuerzo importa.

Pero existe una diferencia entre ser animado por la afirmación y depender de ella para sostener tu identidad.

Un “buen trabajo” puede animarte. Pero no puede sostenerte.

Si soy honesta, este ha sido un proceso lento en mi vida.

Puedo rastrear mi necesidad de validación en muchas voces. 

Maestros. Sistemas familiares. Redes sociales. Líderes. Cultura en la iglesia. La definición de éxito que ofrece el mundo. Algunas influencias fueron obvias. Otras muy sutiles. Algunas venían envueltas en buenas intenciones. Otras nacieron del dolor.

Muchos aprendimos desde pequeños que la aprobación llegaba cuando nos comportábamos “correctamente”.

Cuando obedecíamos y no enojábamos a nadie.

Cuando manteníamos la paz y ayudábamos.

Cuando rendíamos bien y éramos agradables.

Para mí, complacer a los demás no fue inofensivo. Me hizo vulnerable porque aprendí a ser complaciente antes que segura. Aprendí a leer el ambiente antes de escuchar mi propio malestar. Aprendí que la aprobación parecía más segura que la honestidad.

Y cuando ese patrón se forma temprano, no desaparece mágicamente al convertirse en adulto.

Te sigue. Simplemente cambia de ropa.

En la infancia suena como: “No hagas enojar a nadie.”

En la escuela: “Haz sentir orgulloso al maestro.”

En el ministerio: “Asegúrate de que el líder te vea.”

En las redes sociales: “Revisa los números.”

Y en lo más profundo del alma: “Si nadie dijo nada, quizá hice algo mal.

Esta última ha sido una gran experiencia para mí.

Porque el silencio no siempre se percibe como algo neutral para un corazón herido.

A veces, el silencio se siente como una corrección. A veces se siente como un rechazo.

A veces se siente como: “No estuviste a la altura.” 

Y antes de darte cuenta, estás trabajando de más. Explicándote de más. Comparándote. Buscando reacciones. Pretendiendo ser confidente. Esforzándote más. Fingiendo que todo está bien.

Todo porque anhelas confirmación. Eso es agotador.

Y lo complicado es que la validación suele esconderse entre cosas buenas.

La excelencia, el servicio, el crecimiento, el liderazgo, el ánimo a otros son buenos. 

Pero incluso las cosas buenas pueden enredarse cuando nuestra identidad depende de ellas.

El mundo define el éxito por los logros. Alcanza la meta. Obtén el título. Construye la plataforma. Haz crecer tu audiencia. Ser invitado. Ser escogido. Ser visto.

Pero la vida cristiana mide el éxito de otra manera.

El éxito es… caminar en la voluntad de Dios.

                 … reflejar el carácter de Cristo.

                 … obedecer cuando nadie aplaude.

                 … ser fiel cuando nadie habla de ello.

                 … servir por amor, no audicionar por aprobación.

Eso es difícil para un corazón hambriento de validación. Porque la carne quiere pruebas. Quiere recibos. 

Quiere que alguien diga: “Lo estás haciendo increíble.”

Pero Dios sigue invitándonos a algo más profundo.

Un lugar donde podamos recibir ánimo, sin necesitarlo para sobrevivir. Un lugar donde podamos escuchar el silencio sin ponernos ansiosos. Un lugar donde podamos pasar desapercibidos y, aun así, estar seguros en Él. Un lugar donde sirvamos desde la aprobación de Dios, no para obtenerla.

Ese es el lento proceso de desenredar la validación.

Y es lento porque los nudos no se formaron de la noche a la mañana.

Algunos nacieron en la familia. Otros en la cultura de la iglesia. Otros en la comparación. Otros en el trauma. Otros en el orgullo y la inseguridad. Otros en el simple deseo humano de ser amado y visto.

Dios no es cruel con esos lugares. No avergüenza la herida. Sana la raíz. Con ternura nos muestra los lugares en los que las voces de las personas se volvieron más fuertes que Su verdad.

Y luego de mostrarnos todo eso, nos llama de regreso.

De regreso a la verdad. A la identidad. A la rendición. Al lugar silencioso donde Su voz es suficiente.

Colosenses 3:23 nos recuerda que hagamos todo de buena gana, no para las personas, sino para el Señor.

Eso no significa que las personas no importen. Significa que no son la fuente.

Mi obediencia no depende de los aplausos.

Mi fidelidad no pierde valor porque nadie la notó.

Mi valor no entra en revisión cada vez que alguien olvida decirme “buen trabajo”.

Y quizá ahí es donde comienza la sanidad. No cuando dejamos de apreciar el ánimo. Sino cuando el ánimo vuelve a ocupar el lugar que le corresponde.

Un regalo, no un dios.

Una bendición, no un fundamento.

Una muestra de bondad, no una identidad.

No me malinterpretes; todavía aprecio el ánimo. Todavía me gusta ser reconocida.

Pero sigo aprendiendo que no puedo permitir que la afirmación de otra persona recaiga sobre mi identidad. Ese peso es demasiado pesado para cualquier ser humano.

Solo Dios puede cargarlo. Solo Dios puede definirme. Solo Dios puede sostenerme.

Cuando el silencio me pone ansiosa, estoy aprendiendo a detenerme antes de entrar en espiral. Cuando quiero explicarme de más, estoy aprendiendo a preguntarme qué temor me impulsa.

Cuando anhelo la estampilla de aprobación, decido recordar que Jesús ya respondió la pregunta más profunda sobre mi valor.

Soy amada. Soy vista. Soy Suya.

No porque me desempeñé perfectamente. No porque impresioné a la persona correcta. No porque me gané el high five.

Sino por Jesús.

Y quizá el lento proceso de desenredar la validación es, en realidad, la obra santa de aprender a vivir aprobada.

No por todas las voces que nos rodean. Sino por Aquel que ya nos llamó Suyos.

Afinémonos.

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