LA ESTAMPILLA

Cuando los Líderes Crean Buscadores de Aprobación Sin Darse Cuenta

La semana pasada escribí sobre una pregunta que muchos llevamos dentro: “¿Se dieron cuenta?”

Pero mientras seguía pensando en aquella historia del high five, me di cuenta de que había otro lado de la historia.

No la persona que busca la estampilla, sino el líder que la otorga. Y ese lado me confrontó. Porque el liderazgo tiene más peso del que muchas veces imaginamos.

Un cumplido. Un mensaje de texto. Una sonrisa. Un reconocimiento público. Un high five. Un simple “buen trabajo”.

Para muchos líderes, esas cosas parecen pequeñas. Para quien las recibe, muchas veces no lo son.

He vivido momentos en los que alguien recordó un cumplido que le di meses atrás y que yo ya había olvidado por completo. También he visto a personas interpretar mi silencio como desaprobación cuando ni siquiera estaba pensando en eso.

Eso me enseñó algo importante: las personas suelen darles mucho más significado a nuestras palabras y acciones de lo que imaginamos.

Y eso no es una razón para dejar de animar. Es una razón para liderar con cuidado.

A veces los líderes crean buscadores de aprobación sin darse cuenta. No porque sean manipuladores. No porque sean malos líderes. Sino porque no comprenden cuánto peso tiene su atención.

Un reconocimiento público para una persona. Silencio para otra.

Celebración de los dones visibles. Poco reconocimiento a la fidelidad en lugares poco visibles.

Atención cuando algo sale mal. Silencio cuando todo sale bien.

Sin querer, podemos empezar a enseñar que la visibilidad importa más que la fidelidad. Que el talento importa más que el carácter. Que la plataforma importa más que la obediencia.

Y, eventualmente, las personas comienzan a servir para obtener nuestra aprobación en lugar de servir desde la aprobación de Dios.

Eso debería preocupar a todo líder. A mí ciertamente me preocupa.

Porque no quiero que las personas a mi alrededor se pregunten si pertenecen simplemente porque yo no les dije algo recientemente. No quiero que midan su valor por la frecuencia con la que las noto. No quiero que mi aprobación cargue un peso que nunca fue diseñado para cargar.

Como líderes, debemos animar. Debemos celebrar el crecimiento. Debemos hablar vida. Debemos honrar la fidelidad.

Pero nuestro objetivo no es convertirnos en la fuente de validación de alguien.

Nuestro objetivo es dirigir a las personas hacia Aquel cuya aprobación nunca cambia.

Quiero notar la fidelidad, no solo el talento.

Quiero afirmar el carácter, no solo el desempeño.

Quiero celebrar la consistencia, no solo la visibilidad.

Quiero que las personas sepan que su trabajo importa incluso cuando nadie lo ve.

Porque la verdad es esta: las personas no necesitan mi validación para obedecer a Dios.

No necesitan mi aprobación para ser aprobadas por Él. No necesitan mi high five para saber que su trabajo importa cuando se hace para el Señor.

El ánimo, el liderazgo, el honor, la retroalimentación importan.

Pero ninguna de esas cosas fue diseñada para reemplazar la voz de Dios. 

Los líderes más saludables no crean dependencia. Crean libertad. 

Libertad para servir. Libertad para crecer. Libertad para equivocarse. Libertad para aprender. Libertad para ser fieles incluso cuando nadie los nota.

El rol de un líder no es convertirse en la fuente. El rol de un líder es señalar a la Fuente.

Porque los buenos líderes animan a las personas.

Pero los grandes líderes ayudan a las personas a ser libres de necesitar ese ánimo para sobrevivir.

Y quizá esa es una de las formas más amorosas de liderar. 

Afinémos.

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