CUANDO EL ÉXITO CUESTA DEMASIADO

Estoy escribiendo esto sentada junto a una alberca, durante una pequeña escapada de dos días con mi familia.

Nada extravagante. Mi esposo sabía que llevaba diciendo por un tiempo que estaba cansada, así que decidió que necesitábamos salir de la rutina. Dormir hasta tarde. Pasar un día prácticamente sin hacer nada. Disfrutar juntos de un evento deportivo que nos encanta como familia. Simplemente pasarla bien.

Y, aparentemente, estaba más cansada de lo que pensaba, porque dormí doce horas corridas.

Doce.

Cuando desperté, recuerdo haber pensado: “Okay… parece que de verdad necesitaba esto”.

Este verano ha sido muy diferente para nuestra familia. Mi esposo ha tenido más viajes misioneros de lo usual, cambios en el ministerio, crecimiento inesperado, oportunidades emocionantes, situaciones familiares y muchísimos cambios ocurriendo al mismo tiempo.

Y, sinceramente, muchas de esas cosas han sido buenas. Y precisamente por eso es más difícil reconocer lo que me está pasando.

Normalmente sabemos que necesitamos bajar el ritmo cuando todo se cae a pedazos.

Pero ¿qué pasa cuando las cosas funcionan bien? 

¿Cuando el ministerio está creciendo?

¿Cuando estás impactando la vida de otras personas?

¿Cuando lo que estás haciendo realmente podría llamarse exitoso?

¿Puede algo estar dando fruto y, aun así, estar ocurriendo a un ritmo que no es saludable?

Creo que sí.

Últimamente he comenzado a notar pequeñas cosas. Tengo menos paciencia. Se me olvidan nombres y tareas con más facilidad. He comenzado a tener sueños llenos de ansiedad sobre cosas que no terminé o sobre conversaciones que necesito tener.

Y por las noches, en vez de quedarme con unos minutos de energía para compartir con mi esposo o mis hijos, a veces lo único que quiero es caer rendida y desconectarme de todo.

Por separado, ninguna de esas cosas parece demasiado alarmante. Pero yo ya he estado aquí antes.

Hubo otra temporada de mi vida en la que ignoré lo que mi cuerpo y mi mente intentaban decirme. Con el tiempo, la ansiedad se convirtió en ataques de pánico. El estrés comenzó a afectar mi salud física. Hasta mi estómago terminó pagando las consecuencias.

Así que esta vez quiero prestar atención a las señales antes de que el motor comience a echar humo. Y estos dos días me han dado suficiente distancia para darme cuenta de algo:

El descanso puede revelar aquello que el exceso de ocupaciones nos ha enseñado a normalizar.

Normalmente no me cuesta darme permiso para descansar. Pero esta temporada me ha recordado que saber que necesito descansar y realmente hacer espacio para hacerlo son dos cosas muy diferentes.

Para mí, descansar no es simplemente no ir a trabajar.

Descansar es estar presente donde estoy. Es sentarme junto a la piscina y estar realmente ahí. Leer un libro. Conversar con mi esposo sobre lo que estoy aprendiendo. Disfrutar de mis hijos sin que mi mente, al mismo tiempo, esté repasando la lista de tareas de mañana. Escribir en mi diario y hacer cosas como estas, porque crear también llena mi copa.

Es permitirle a mi mente dejar de cargarlo todo, aunque sea por un momento.

Y eso me recordó algo que Jesús les dijo a sus discípulos. En Marcos 6:31, estaban rodeados de tanta necesidad y tanto ministerio que la Biblia dice que ni siquiera tenían tiempo para comer.

La respuesta de Jesús no fue: “Esfuércense más. Miren cuánta gente los necesita”.

Él les dijo: “Vengan conmigo, ustedes solos, a un lugar tranquilo y descansen un poco”.

Me encanta el momento en que Jesús les dice esto.

La necesidad todavía estaba ahí. La gente todavía estaba ahí. El trabajo del ministerio no había terminado.

Y aun así, Jesús los llamó a apartarse.

Quizás el descanso no es algo que nos ganamos después de terminarlo todo. Quizás, a veces, descansamos precisamente porque nunca vamos a terminarlo todo.

En algún momento, en medio de la quietud de estos dos días, comencé a hacerme algunas preguntas otra vez:

¿Por qué estoy haciendo lo que estoy haciendo?

¿Cómo quiero hacerlo?

¿Qué es realmente importante?

¿Qué no estoy dispuesta a sacrificar para poder seguir haciéndolo?

Fue ahí cuando esto dejó de sentirse simplemente como unas pequeñas vacaciones. Se convirtió en una recalibración.

Porque una de las cosas que más me cuesta admitir es que este verano no fue exactamente el que yo quería para mi familia.

Había pequeñas cosas que quería hacer con mis hijos. Quería que aprendieran a montar bicicleta sin rueditas. Quería que aprendiéramos juntos una canción en algún instrumento. Quería practicar español con ellos. Y el verano pasó tan rápido que esas cosas no sucedieron.

Eso no significa que haya fracasado como mamá. Pero sí me dice algo acerca del ritmo que estoy llevando.

Porque el ministerio puede ser increíblemente gratificante. Me encanta ver crecer a las personas. Me encanta desarrollar líderes. Me encanta crear. Me encanta ver a Dios utilizar algo que dije, escribí, enseñé o creé para ayudar a alguien más.

Incluso Afinados Espiritualmente (Spiritually Tuned)  me ha sorprendido.

Me he encontrado con personas que me han dicho que algo que escribí les confrontó o les ayudó a ver el ministerio de manera diferente. Hace poco, incluso alguien me pidió que fuera su mentora por lo que ha visto a través de este espacio.

Ese es el tipo de impacto que quiero tener. Quiero que mi vida tenga un impacto que vaya más allá de las cuatro paredes.

Pero también estoy entendiendo algo: el impacto no puede convertirse en una excusa para vivir fuera de balance.

Algo puede estar funcionando mientras la manera en que lo estoy cargando no está funcionando para mí.

El éxito no puede ser quien decida mi ritmo.

Quizás esta sea la realización más importante que he tenido durante estos dos días:

Si el ritmo de lo que estoy haciendo para Dios me deja mentalmente demasiado agotada para estar con Dios, algo no está cuadrando.

Si estoy demasiado cansada para orar…

Demasiado cansada para escribir en mi diario…

Demasiado cansada para levantarme y leer la Palabra…

Demasiado cansada para hacer ejercicio y cuidar de mí misma…

Demasiado cansada como para regalarles a mi esposo y a mis hijos unos minutos de atención intencional…

Necesito prestar atención. Porque puede llegar un momento en el que aquello que estoy llamando productividad esté quitándome más de lo que me está aportando.

Eso no significa necesariamente que todo tenga que detenerse.

A veces, simplemente hay algo que necesita ajustarse. Un límite. Una responsabilidad. Una expectativa. Una manera de comunicarnos.

Incluso durante estos dos días he tenido que practicarlo.

Alguien de mi equipo se comunicó conmigo sobre algo que no necesitaba mi atención en ese momento. Le expliqué que si algo necesita mi atención durante un día específico de trabajo, tenemos un sistema para comunicarlo.

Eso no es ser difícil. Eso es proteger un límite.

Al mismo tiempo, recordé algo importante que debía haber hecho antes de irme. Otra persona dependía de mí y no quería que fallara por algo que yo había olvidado. Así que encontramos una manera de comunicarnos sin que yo tuviera que volver a entrar por completo en modo trabajo.

Estoy aprendiendo que poner límites no significa que deje de importarme. Los límites me ayudan a seguir cuidando sin sentir que tengo que cargarlo todo.

Déjame aclarar. Todavía quiero tener éxito. Todavía tengo metas. Quiero crecer. Quiero hacer un ministerio con propósito. Quiero crear. Quiero generar impacto.

Y sí, quiero ganar dinero y construir una vida en la que mi familia pueda estar cómoda.

No voy a fingir que esas cosas no son importantes para mí.

Pero sentada aquí, he recordado que hay cosas que simplemente no estoy dispuesta a sacrificar por ellas.

Mi salud mental. Mi familia. Mi relación con Dios. Esos cinco o diez minutos con mis hijos por la noche jamás aparecerán en mi currículum. Nadie me va a aplaudir porque me senté con ellos a escuchar cualquier cosa random que necesitaban contarme ese día. Nadie está midiendo si mi esposo y yo tuvimos una conversación significativa antes de quedarnos dormidos.

Pero esos momentos importan. De hecho, importan más. El ministerio es importante para mí. Pero el ministerio no puede llegar a ser más importante que las personas a las que Dios me ha confiado.

Y definitivamente no puede convertirse en algo más importante que el Dios para quien, supuestamente, estoy haciendo todo este ministerio.

Quizás eso es lo que realmente han sido estos dos días. Una afinación. 

Cuando un instrumento se desafina, no lo tiras automáticamente a la basura. Dejas de tocar por un momento. Escuchas. Identificas qué está demasiado tenso, qué está demasiado suelto y qué ya no produce el sonido para el que fue diseñado.

Y entonces ajustas.

Quizás eso es lo que algunos necesitamos. No necesariamente una renuncia dramática. No abandonar todo lo que hemos construido. No salir corriendo.

Simplemente suficiente quietud para escuchar honestamente qué está fuera de tono.

Para mí, eso también significa estar dispuesta a hacerme una pregunta más difícil: Si comunico mis límites, ajusto mis expectativas, protejo lo que realmente importa y aun así no logro encontrar un ritmo saludable aquí… ¿sigue siendo este el lugar donde debo estar?

Todavía no tengo la respuesta. Y estoy bien con admitirlo.

Esto es recalibración, no resolución.

Pero sí sé algo: Pensé que necesitaba dos días lejos de todo. Lo que realmente necesitaba era recordar lo que no estoy dispuesta a sacrificar por el éxito. 

No quiero esperar hasta que la ansiedad se convierta en pánico. No quiero esperar hasta que el agotamiento se convierta en resentimiento. No quiero despertar un día y darme cuenta de que cumplí con todo lo que debía hacer para todo el mundo mientras seguía posponiendo las cosas que más importaban.

Jesús no esperó hasta que todas las personas fueran atendidas para decirles a sus discípulos que descansaran.

El trabajo todavía estaba ahí. Y a veces, también seguirá ahí mañana.

Quizás vivir Afinados Espiritualmente no significa aprender a seguirle el ritmo a cada demanda que nos rodea.

Quizás significa aprender a reconocer el ritmo al que Dios realmente nos está llamando a vivir. Y a veces tenemos que dejar de tocar por un momento para poder escuchar qué está desafinado.

Y luego tener el valor para ajustarlo.

Afinémonos.

2 thoughts on “CUANDO EL ÉXITO CUESTA DEMASIADO”

  1. Magistral Joeli….Gracias por ministrarnos! Añado el versículo que dice “venid a mí todos los cargados y cansados, que yo les daré descanso..” Gracias Señor!!!!

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