Yo solía pensar que la madurez espiritual se notaría principalmente en todo lo que llegara a ser capaz de hacer.
Más sabiduría. Más responsabilidades. Mejor liderazgo. La capacidad para enfrentar conversaciones difíciles. Mayores oportunidades confiadas a mis manos. En otras palabras, pensaba que crecer significaba añadir.
Pero, con el tiempo, comencé a notar que algunas de las evidencias más claras de crecimiento en mi vida se parecen más a soltar.
Ya no siento la misma necesidad de explicarme. No tengo que responder a todo. Puedo ver a alguien hacer algo diferente a como yo lo haría sin sentir que tengo que intervenir de inmediato. Puedo reconocer que me equivoqué sin pasar diez minutos explicando por qué, técnicamente, yo también tenía un poquito de razón. Puedo celebrar el momento de otra persona sin preguntarme cuándo llegará el mío.
Nada de eso se vería particularmente impresionante en un currículum. Nadie te da un certificado porque lograste quedarte callado cuando realmente querías tener la última palabra.
Pero quizás ese es precisamente el punto.
Algunas de las obras más profundas que Dios realiza en nosotros producen frutos que muy pocas personas verán. Y quizás hemos pasado por alto parte de nuestro crecimiento porque seguimos buscando solo lo que impresiona.
A mí me encanta aprender. Me encanta desarrollar a las personas, crear, resolver problemas y encontrar maneras de mejorar las cosas. Dame un problema y, probablemente, mi mente ya está pensando en tres posibles soluciones antes de que termines de explicármelo. Durante mucho tiempo, habría considerado mi capacidad para hacer esas cosas como prueba de mi crecimiento.
Y de cierta manera, lo es.
Pero he tenido que reconocer que algunas de las cosas que considero fortalezas pueden convertirse en debilidades cuando no están rendidas a Dios.
La sabiduría puede convertirse en la necesidad de siempre tener una respuesta. El liderazgo puede convertirse en control. El discernimiento puede convertirse en crítica. La confianza puede convertirse en la necesidad de ser escuchados. La compasión puede llevarnos a cargar con cosas que Dios nunca nos pidió cargar. Hasta nuestra fortaleza necesita rendirse.
Por eso me recuerdo con frecuencia de que la madurez no consiste simplemente en hacernos más fuertes.
A veces, madurar es aprender cuándo no necesitamos usar nuestra fuerza. Es tener algo que decir y decidir escuchar. Es saber que podríamos tomar el control y, aun así, permitir que otra persona aprenda. Es darnos cuenta de que no tenemos que demostrar cuánto sabemos. Es tener la capacidad de defendernos y reconocer que, a veces, no hace falta hacerlo. Es saber que podríamos cargar más y, finalmente, tener la seguridad suficiente para reconocer que no deberíamos hacerlo.
Ese tipo de madurez es más silenciosa. Pero silenciosa no significa insignificante.
Gálatas 5:22–23 describe el fruto del Espíritu: Amor. Gozo. Paz. Paciencia. Benignidad. Bondad. Fidelidad. Mansedumbre. Dominio propio.
Es interesante lo poco que esa lista tiene que ver con nuestros logros. No menciona plataformas, títulos, influencia, productividad ni cuántas responsabilidades podemos llevar.
En cambio, las Escrituras nos dirigen hacia algo mucho más profundo.
Paciencia cuando alguien tarda más de lo esperado. Mansedumbre cuando es necesario corregir. Dominio propio cuando nuestras emociones están intensas. Fidelidad cuando el trabajo se vuelve repetitivo. Paz cuando algo queda sin terminar. Bondad cuando sería mucho más fácil responder desde la frustración.
Estos no son necesariamente los momentos que compartimos en un testimonio, ni los que celebramos como grandes logros.
Nadie ve la batalla interna de ser paciente cuando estás agotado, ni te aplaude cuando decides no enviar ese mensaje que escribiste mientras estabas molesto.
Nadie sabe cuánto querías defenderte, pero decidiste que no era necesario; o bien celebra ese momento en el que reconoces que el éxito de otra persona no disminuye el tuyo.
Pero Dios lo ve.
Y quizás esos momentos cotidianos revelan algo acerca de nuestra formación espiritual que algunos de nuestros mayores logros jamás podrían mostrar.
Porque es posible desarrollar más habilidades para el ministerio sin parecernos más a Cristo. Es posible crecer en conocimiento mientras nos volvemos menos enseñables. Es posible convertirnos en mejores líderes mientras nos volvemos personas más difíciles. Y es posible hacer cosas hermosas para Dios mientras descuidamos la obra silenciosa que Él está tratando de hacer dentro de nosotros.
El fruto del Espíritu no es algo que fabricamos para parecer maduros. Es lo que crece cuando permanecemos conectados a Cristo y permitimos que el Espíritu Santo nos transforme.
Y el fruto toma tiempo.
Quizás una manera de reconocer nuestro crecimiento sea prestar atención a aquello que, poco a poco, ha ido perdiendo el control sobre nosotros.
Cosas que antes controlaban nuestras reacciones ya no tienen el mismo poder. La crítica todavía duele, pero no tenemos que contraatacar. La decepción sigue siendo real, pero no tiene por qué definir toda una temporada. Ser malinterpretados sigue siendo incómodo, pero ya no necesitamos que todo el mundo esté de acuerdo con nuestra versión de la historia. Otra persona recibe la oportunidad y, de alguna manera, podemos celebrarla genuinamente. Algo no sale según nuestros planes y nos recuperamos un poco más rápido que antes.
Eso también es crecimiento. No perfección. No haber llegado a la meta. Pero crecimiento.
A veces esperamos que la sanidad y la madurez signifiquen que nunca volveremos a sentir las emociones de antes. Pero quizás la madurez no es la ausencia de emociones. Quizás es aprender a no ser controlados por ellas. Lo que sentimos puede ser real sin convertirse en quien toma las decisiones. La inseguridad puede tocar a la puerta sin que tengamos que dejarla entrar. La frustración puede hablar sin que tengamos que darle el micrófono.
Esa versión antigua de nosotros quizás todavía tenga algo que decir. Simplemente ya no tenemos que obedecerla.
Todavía estoy aprendiendo.
Todavía tengo días en los que hablo demasiado rápido, tomo algo personalmente, analizo demasiado una conversación, intento arreglar más de lo que me corresponde o me doy cuenta a mitad del camino de que mi ego entró silenciosamente a la habitación.
Dios todavía me está afinando. Pero estoy aprendiendo a reconocer otras evidencias de Su obra.
¿Puedo celebrar el éxito de otra persona sin convertirlo en una comparación con mi propio progreso?
¿Puedo permitir que alguien haga algo diferente a como yo lo haría?
¿Puedo recibir corrección sin que me comience a explicar de inmediato?
¿Puedo escuchar sin preparar mi respuesta mientras la otra persona todavía habla?
¿Puedo reconocer mis límites sin sentirme culpable?
¿Puedo permanecer fiel cuando no sucede nada extraordinario?
¿Puedo pedir perdón sin añadir una defensa al final?
¿Puedo pasar desapercibido sin asumir que he sido olvidado?
Estas preguntas se han convertido en parte de la manera en que estoy aprendiendo a examinar mi corazón. No como otra lista para demostrar que estoy creciendo.
De hecho, eso arruinaría por completo el punto.
Simplemente me están ayudando a reconocer dónde está obrando el Espíritu Santo y dónde todavía necesito rendirme. Y quizás esa es la parte que me parece más hermosa. Dios no está simplemente desarrollándonos para que podamos hacer más cosas para Él. Nos está formando para que reflejemos más de Él.
Quizás has crecido más de lo que te das cuenta. No porque tu vida se haya vuelto más fácil. No porque finalmente tengas todas las respuestas. Y tampoco porque ahora puedas asumir más responsabilidades que antes.
Quizás estás creciendo porque algo que antes exigía una reacción de tu parte ya no la exige.
Estás escuchando más. Defendiéndote menos. Recuperándote más rápido. Celebrando a otros con mayor libertad. Reconociendo cuando te equivocas. Sintiéndote más cómodo sin tener todas las respuestas. Permaneciendo fiel incluso cuando nadie lo nota.
Eso también es crecimiento.
La madurez espiritual no siempre se encuentra en lo que aprendemos a hacer. A veces se revela en las cosas que ya no necesitamos hacer.
Podemos tener confianza sin necesidad de demostrar quiénes somos. Tener sabiduría sin necesidad de tener todas las respuestas. Ser fuertes sin tener que controlarlo todo. Ser fieles sin necesidad de que nos reconozcan. Y ser lo suficientemente maduros para reconocer que, a veces, la mayor evidencia de la obra de Dios en nosotros ocurre en lugares que nadie más puede ver.
Quizás la madurez sea mucho más silenciosa de lo que imaginábamos. Porque la meta nunca fue convertirnos en cristianos impresionantes.
La meta siempre ha sido parecernos más a Cristo.
Afinémonos.


