NO ERA CASTIGO, ERA PODA

En mi publicación anterior, Talento Sin Alma, escribí sobre el peligro de crecer en dones mientras no nos desarrollamos en las áreas que más le importan a Dios. Hablé de cómo el talento puede sostenernos por un tiempo, de cómo podemos vernos capaces, pulidos y productivos por fuera, mientras que, por dentro, todavía hay algo que sigue inquieto, incompleto, sin resolver.

Pero si esta publicación hablaba de la exposición, esta habla del proceso.

Porque cuando Dios nos revela que algo en nosotros está fuera de orden, no nos avergüenza. Empieza a formarnos. Y la formación rara vez es cómoda.

Y si les soy honesta… a mí no me gusta el dolor.

Y no me refiero solamente al dolor físico (aunque durante años viví sin darme cuenta de que una condición autoinmune le estaba enseñando silenciosamente a mi cuerpo lo que era vivir con cansancio constante y malestar). También estoy hablando de los dolores del crecimiento. De esos que no aparecen en un estudio médico, pero se alojan profundamente en el alma.

No me ha gustado el dolor de un corazón roto. El dolor de perder a alguien que amaba, ya sea por la muerte, la distancia o el lento desvanecimiento de una relación que alguna vez se sintió segura. No me ha gustado la herida de la traición ni el peso de ser malinterpretada, burlada o juzgada. Y si soy honesta, tampoco me ha gustado el dolor de la perseverancia, ese que te exige seguir empujando una y otra vez cuando crecer requiere consistencia, pase lo que pase.

El dolor, en cualquiera de sus formas, siempre me ha parecido disruptivo. Interrumpe. Estira. Expone. Tiene una manera de hacer que todo se sienta frágil.

Pero con el tiempo he entendido algo: no todo dolor significa lo mismo.

Durante mucho tiempo no supe distinguir entre el dolor de algo que se estaba quitando de mi vida y el de algo que se estaba formando dentro de mí. Uno se siente como pérdida y el otro, como resistencia. Y ambos pueden sonar igual si no prestamos atención.

Aun así, Jesús nos da lenguaje para entender esto en Juan 15:2:

“A todo pámpano que en mí no da fruto, lo quita; y poda todo aquel que da fruto, para que dé más fruto.”

Ese versículo, en silencio, fue eliminando mi deseo de evadir el dolor que viene con el crecimiento.

Porque quitar, arrancar, remover… eso sí lo entiendo. Entiendo la santificación cuando Dios saca de nosotros algo que claramente no nos pertenece. Pecado. Orgullo. Hábitos dañinos. Formas torcidas de pensar. Ataduras o relaciones que contradicen Su verdad. Hay una clase de claridad en eso, aun cuando duele. Se siente decisivo. Necesario. Limpio.

¿Pero la poda? La poda requiere humildad.

La poda es distinta porque no siempre se trata de quitar algo malo. A veces se trata de recortar algo bueno para que reaparezca más sano, más fuerte y más fructífero. A veces no es Dios confrontando rebeldía. A veces es Dios afinando nuestra preparación.

Y ese tipo de dolor es más difícil de discernir.

Requiere bajar nuestra velocidad en vez de correr hacia el alivio. Requiere hacer espacio para la reflexión en vez de exigir respuestas inmediatas. Requiere permanecer presentes lo suficiente como para hacernos preguntas más profundas.

No para preguntar: ¿Por qué me duele esto? Sino: ¿Qué está haciendo Dios a través de este dolor?

Alguien una vez describió el crecimiento espiritual como una línea espiral en forma vertical, que va más profundo y más alto al mismo tiempo. Esa imagen se me quedó grabada porque explica muchísimo sobre lo que se siente durante el proceso de formación. A veces parece que estás repitiendo la misma lección, la misma tensión, el mismo estiramiento. Puede sentirse repetitivo, incluso frustrante. Pero tal vez no está estancada. Tal vez está siendo llevada más profundamente y más alto. Tal vez Dios está tocando de nuevo cierta área, no porque hayamos fracasado, sino porque está fortaleciendo aquello que quiere establecer en nosotros.

Así se siente la poda: estira, corta, te obliga a bajar el paso y puede resultar profundamente personal.

La poda puede verse como Dios cerrando puertas que jurábamos que estaban abiertas. Puede verse como un retraso en lugares donde esperábamos impulso. Puede verse como una tensión en áreas que pensamos que ya habíamos rendido por completo. Puede verse como ser recortados justo en los lugares donde sentíamos que por fin estábamos floreciendo.

Y si no tenemos cuidado, podemos confundir ese tipo de dolor con el rechazo.

Pero tal vez no es rechazo. Tal vez es cuidado.

Tal vez Dios no nos está reteniendo en algo. Tal vez nos está protegiendo de lo que viene, cortando aquello que eventualmente competiría con el fruto. Tal vez no nos está castigando. Tal vez nos está preparando. Tal vez no nos está llevando hacia atrás. Tal vez nos está asegurando que nuestras raíces crezcan más profundamente que nuestros dones.

Eso importa mucho, porque Talento Sin Alma nunca fue solo sobre el desequilibrio. Era sobre el peligro de querer cargar fruto externo con una vida interior aún no profundamente formada. Era sobre esa tensión sutil entre poder hacer mucho y, aun así, seguir necesitando que Dios haga mucho más en nosotros.

Y aquí es donde esa tensión nos conduce.

Cuando Dios expone la brecha entre lo que podemos hacer y quienes estamos llegando a ser, muchas veces el siguiente paso es la poda. No para humillarnos. No para disminuirnos. Sino para hacernos completos.

Porque Dios no solo está interesado en lo que producimos. Está profundamente comprometido con quienes estamos llegando a ser. Está formando integridad para que podamos sostener lo que viene sin compromiso ni confusión. Está recortando distracciones para que lo que permanezca pueda florecer. Nos está enseñando que dar fruto no es lo mismo que estar plenos y que una fortaleza visible no siempre equivale a madurez espiritual.

A veces, lo que se siente como pérdida es, en realidad, amor cuidándonos.
A veces, lo que se siente como resistencia es, en realidad, el crecimiento echando raíces más profundas.
A veces, lo que se siente como interrupción es, en realidad, Dios negándose a permitir que nuestros dones corran más rápido que nuestra alma.

Y si soy honesta, ese tipo de dolor se me ha vuelto más fácil de respetar. No porque me guste; la realidad es que todavía no me gusta.

Pero sí, porque estoy empezando a ver que la poda significa algo importante: todavía hay fruto que vale la pena cuidar. Significa que Dios no se ha alejado. Significa que Él sigue viendo vida. Significa que nos ama lo suficiente como para seguir formando aquello que quiere sostener.

Por eso, últimamente, mi pregunta ha cambiado. Ya no pregunto tanto: ¿Por qué me duele tanto esto? Ahora pregunto más bien: ¿Qué tipo de dolor es este?

¿Es Dios quitando algo que no le pertenece? ¿O es Dios podando algo que sí pertenece, para que crezca más fuerte, más sano y más fructífero?

Sí, hay una diferencia. Y, si soy honesta, prefiero ser podada antes que dejada intacta.

Porque la poda significa que la maleza ya no está a cargo. Significa que las raíces siguen vivas. Significa que Dios no ha terminado conmigo. Significa que me está refinando, no rechazando.

Así que si hoy estás atravesando una temporada dolorosa, tal vez la pregunta no es solo si duele. Tal vez la pregunta es qué está produciendo ese dolor.

¿Está algo siendo quitado? ¿O se está formando algo santo? Sea cual sea la respuesta, Dios no corta con descuido.

Y eso me da esperanza.

¿Qué tipo de dolor espiritual estás experimentando en este momento?

Afinémonos.

Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *

error: Content is protected !!