TÚ ME AMAS – PARTE I 

Hebreos 12:4–13 contiene una verdad dura, pero hermosa: Dios disciplina a Sus hijos.

Para mí, este pasaje cobró vida en un momento de quebranto, cuando supe que algo tenía que cambiar. El caos dentro de mí, el ciclo en el que estaba atrapada, el dolor que me causaba a mí misma y a otros… no podía continuar así. Yo necesitaba detenerme. Necesitaba rendirme. No necesitaba la clase de disciplina que ofrece el mundo: castigo sin sanidad, corrección sin compasión. Yo necesitaba la disciplina de Dios.

La clase de disciplina a la que apunta el versículo 13:

“Hagan sendas derechas para sus pies, para que el que está cojo no se salga del camino, sino que sea sanado.” (NTV)

La disciplina de Dios no busca quebrantarnos para dejarnos rotos. Si no, más bien, busca restaurar nuestros pasos para que podamos caminar en sanidad.

Esta es la verdad que tuve que enfrentar: porque muchas veces dije: “Dios tiene el control de mi vida. Él está guiando mi camino.” Y lo decía en serio. Pero en el fondo, yo seguía intentando manipular el proceso. Quería decir que confiaba en Él, mientras que en secreto todavía quería tener el control. Ponía una cara fuerte, fingiendo que estaba bien, mientras seguía resistiéndome a rendirme por completo.

Sé que parte de mis acciones fueron moldeadas por una niñez llena de traumas, por líneas borrosas que representaron incorrectamente lo bueno y lo malo, y por ejemplos de personas que distorsionaron lo que realmente era sano. Pero aun así, esa realidad nunca pudiese justificar mis fallas ni excusar el daño que ellas causaron a otros. Dios no estaba buscando excusas; me estaba invitando a sanar. Vivir una vida completamente rendida, una vida que dependiese verdaderamente de Él, requiriendo algo simple, pero nada fácil: obediencia y humildad. No como obligación, no para ganarme Su favor, sino como respuesta a Su amor.

Y así me encontraba yo. Al punto tal de que oré esa clase de oración que solo se ora cuando el peso se vuelve demasiado grande para cargarlo, cuando las lágrimas desgarran y el dolor se vuelve agudo porque ves cómo tu desorden ha herido a las personas que amas. Y en ese momento, en medio del dolor, susurré:

“Dios… Tú estás permitiendo esto porque me amas. Quieres sanarme. Quieres hacerme verdaderamente libre.”

Esa revelación, por más dura que fue, se convirtió en la verdad más difícil y, al mismo tiempo, más liberadora que he aceptado acerca de Su amor. El amor de Dios no nos consiente, pero tampoco nos condena. Su disciplina no es señal de rechazo; es evidencia de que le pertenecemos.

Hebreos 12:6 dice: “Pues el Señor disciplina a los que ama y castiga a todo el que recibe como hijo.”

Cuando dejamos de resistir y le permitimos al Espíritu Santo de Dios hacer la obra profunda, la disciplina se convierte en el camino hacia nuestra libertad. Y la libertad no se trata solo de ser “mejores”; se trata de ser sanos, completos y capaces de caminar por sendas firmes.

Así que si estás en una temporada en la que la disciplina de Dios se siente pesada, quiero animarte: no es porque Él esté enojado contigo, sino porque te ama demasiado como para dejarte igual.

Y ese, mis queridos lectores, es un amor al que vale la pena rendirse.

Esto es todo por este blog… La próxima vez compartiré más en la parte 2.

Sigamos afinándonos.

2 thoughts on “TÚ ME AMAS – PARTE I ”

  1. Pingback: TÚ ME AMAS – PARTE II - Spiritually Tuned

  2. Joenuel Lebron

    Su palabra nos dirige a eso mismo, rendirnos en obediencia y humildad ante Su trono. Gracias Joeli por compartir esto!

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