Hay una clase de inquietud que no siempre es dramática. Tampoco se presenta como rebeldía ni como caos. A veces aparenta ser responsable. Enfocada. Llena de esperanza. Productiva. Con expresiones como: “¿Qué es lo siguiente?” El próximo rol. La próxima oportunidad. La próxima temporada. La próxima promoción. Y debajo de todo eso hay un pensamiento silencioso que quizá ni siquiera decimos en voz alta: “Tal vez cuando por fin llegue a ese punto, me sentiré estable.”
Para mi sorpresa, no me había percatado de cuánto ese patrón me había marcado hasta que un día me encontré orando, llena de frustración: “Dios, ¿por qué todo lo que está sucediendo se siente tan pesado?” Y sin pensarlo, estas fueron las palabras que salieron de mi boca: “Por favor, satisface mi corazón nómada.”
Nunca antes había utilizado tal expresión, pero esa frase se quedó conmigo.
Un nómada no tiene un hogar permanente. Va de un lugar a otro en busca de provisión. Siempre en movimiento. Siempre mirando hacia el horizonte. Siempre ajustándose. Y al decir esa oración, empecé a reconocer ese mismo ritmo en mí.
Iba de meta en meta, de expectativa en expectativa, de logro en logro. No porque esas cosas fueran malas, sino porque, en silencio, dependía de ellas para sentirme firme y estable. Y ahí está el verdadero problema de un corazón nómada. No es la ambición. Es la inestabilidad.
Cuando nuestra paz está atada a lo que viene después, nunca terminamos de vivir plenamente lo que Dios está haciendo en nuestro aquí y ahora. Podemos estar presentes físicamente, pero por dentro ya estamos en otro lugar, anhelando, esforzándonos, esperando que lo porvenir nos haga sentir seguros al fin.
En Mateo 7, Jesús cuenta la historia de dos constructores. Ambos construyeron una casa. Ambos enfrentaron tormentas. La diferencia no fue la tormenta. Fue el fundamento. Uno construyó sobre la arena. El otro construyó sobre la roca. La tormenta no creó la debilidad. La dejó al descubierto.
Y eso era exactamente lo que me estaba sucediendo.
Cada vez que las circunstancias cambiaban, cada vez que algo no salía como esperaba, volvía a sentirme inestable. No porque Dios se hubiese movido, sino porque, sin darme cuenta, había construido mi sentido de estabilidad sobre cosas temporales.
El éxito es arena. El reconocimiento es arena. La comodidad es arena. Aun el ministerio, si no tenemos cuidado, puede convertirse en arena. Solo Cristo es la Roca.
Cuando la Escritura habla de permanecer en Él en Juan 15, describe lo opuesto a andar espiritualmente a la deriva. Permanecer significa quedarse. Habitar. Echar raíces. Hacer morada. No es algo pasivo. Es una vida anclada.
La respuesta a un corazón nómada no es esforzarnos más para sentirnos más estables. Es rendir la idea de que algo, aparte de Cristo, puede darnos la estabilidad que buscamos.
Cuando edificamos sobre Él, las tormentas seguirán llegando. La incertidumbre seguirá apareciendo. La espera seguirá estirándonos. Pero no nos desmoronaremos cada vez que cambie el pronóstico. Dejamos de vivir como si la paz siempre estuviera un paso más adelante.
Y ahí fue cuando todo comenzó a cambiar para mí y en mí. No fue una transformación dramática de la noche a la mañana. Fue una reorientación silenciosa.
Así que en vez de preguntarme: “¿Qué tiene que pasar después para que yo me sienta segura?” Empecé a preguntarme: “¿Estoy afirmada en Él, quien no cambia?”
Hebreos 13:8 dice: “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por los siglos.” Ese versículo parece simple hasta que nos damos cuenta de cuánta estabilidad emocional conectamos con cosas que siempre cambian. Cuando Cristo se convierte en nuestro fundamento, la paz deja de quedar pospuesta hasta el próximo logro. Se vuelve accesible en nuestro aquí y ahora.
Si somos honestos, muchos de nosotros cargamos un corazón nómada de maneras sutiles. Buscamos claridad en la próxima decisión, satisfacción en el próximo logro y descanso en el próximo resultado. Pero no tenemos que seguir vagando.
Podemos permanecer. Podemos echar raíces. Podemos dejar que nuestra identidad descanse por completo en el carácter inmutable de Dios.
Porque cuando nuestro corazón encuentra su hogar en Él, deja de vagar en busca de aprobación, afirmación y sentido de llegada. Y ahí es donde comienza nuestra estabilidad.
Afinémonos.



Hermoso Joeli. Nos seguimos aferrando a Dios, el padre. Te amo!