CUANDO SERVIR EMPIEZA A DOLER

A veces, servir en la iglesia empieza a doler cuando nuestra disponibilidad viene acompañada de una agenda.

Esto no es fácil de aceptar.

Hace un tiempo, recibí un mensaje de una voluntaria del ministerio que estaba herida. Ella estaba confundida porque no la estaban incluyendo en ciertas oportunidades de liderazgo. Compartió conmigo que siempre había estado disponible, pero empezaba a sentir que solo la utilizaban cuando hacía falta y no la consideraban en el lugar donde ella quería estar.

Pero déjame aclarar algo.

A lo largo de los años, servir en el ministerio de plataforma me ha llevado a tener muchas conversaciones como estas con diferentes voluntarios. Así que este comentario no se trata de asumir lo que estaba pasando en su corazón ni en el corazón de los otros que han compartido una situación similar. Porque yo no sé dónde estaban sus corazones; solo Dios puede escudriñar el corazón por completo.

Pero sus palabras de frustración tocaron algo familiar en mí. No porque yo conociera su proceso. Sino porque recordé el mío.

Y eso es lo que quiero compartir contigo hoy.

Hubo una temporada en la que ofrecí mi disponibilidad para todo. Dije que sí a cosas para las que quizás no tenía la capacidad. Reorganicé mi vida en torno a ello. Hice espacio. Me mantuve alerta, pues quería ayudar. Pero si les soy honesta, también había una intención detrás de todo eso.

Por ejemplo, yo podía estar siempre disponible y, en secreto, esperar que esa disponibilidad me llevara a alguna posición. Decía que sí, estaba presente, mantenía mi agenda abierta, servía lo más que podía, pero en silencio esperaba ser notada.

Quería ser considerada. Quería ser vista. Quería que mi sí eventualmente se convirtiera en una puerta. Y cuando esa puerta no se abrió como yo esperaba, el resentimiento comenzó a crecer en lugares que yo no quería reconocer.

Al principio, me decía a mí misma que me sentía ignorada. Poco utilizada. Tal vez estaban aprovechándose de mi “deseo de servir”. 

Pero mientras Dios comenzaba a revelar las capas, tuve que enfrentar algo incómodo:

Parte de mi servicio se había convertido en una audición.

No estaba dando solamente por amor, estaba dando con expectativa. Quería ser humilde, pero también ser vista. Quería servir, pero también liderar. Quería estar disponible, pero también quería que mi disponibilidad probara algo.

Y ahí fue cuando se puso aún más incómodo. Tuve que admitir que había orgullo en mi corazón.

Porque sentía que mi experiencia debía tener más peso. Pensé que, como ya había liderado antes, naturalmente deberían confiar en mí para liderar otra vez. Me comparaba en silencio. Me preguntaba por qué escogían a ciertas personas y a mí no. Estaba cargando una versión antigua de mí misma en una nueva temporada, esperando que la gente la reconociera.

Pero Dios no estaba mirando solo mi don. Él observaba la postura de mi corazón.

Andrew Murray una vez escribió: “La humildad es el único terreno donde la gracia echa raíces.”

Esta frase es dolorosamente precisa. Porque un don puede crecer en público, pero la gracia echa raíces en la humildad. Y si falta humildad, aun nuestro servicio puede enredarse con nuestro ego, con el yo.

Filipenses 2:3 dice: “No sean egoístas; no traten de impresionar a nadie. Sean humildes, es decir, consideren a los demás mejores que ustedes.”

Ese versículo es hermoso hasta que empieza a mirar tu corazón.

Porque a veces no tratamos de impresionar a las personas de forma obvia. A veces tratamos de impresionar mediante el sacrificio. A través de la disponibilidad. A través de la apariencia de confiabilidad. A través de decir que sí tantas veces que, en silencio, esperamos que alguien note lo comprometidos que estamos.

Pero el servicio pierde su libertad cuando se convierte en una estrategia para ser visto.

Y cuando nuestro sí está atado al reconocimiento, el resentimiento eventualmente lo va a exponer.

Eso fue lo que me pasó.

Empecé a sentirme herida por cosas que, técnicamente, yo había elegido. Había dicho que sí, pero mi corazón le había puesto condiciones a ese sí. Estaba sirviendo, pero llevaba la cuenta. Me hice disponible, pero en lo profundo, quería que esa disponibilidad me llevara a algún lugar.

Y cuando no pasó, me sentí usada.

Pero Dios me mostró, con ternura, que no todo dolor al servir significa que la gente se está aprovechando de mí. A veces el dolor revela que mis motivos necesitan ser afinados.

Eso no significa que el liderazgo en la iglesia siempre haga las cosas bien. No significa que todo sistema sea saludable. No significa que las personas no puedan ser ignoradas ni tratadas de forma incorrecta.

Pero sí significa que tenemos que ser honestos con lo que está pasando en nuestro propio corazón.

¿Estamos sirviendo desde el amor, o desde una necesidad de validación?

¿Estamos diciendo que sí libremente, o estamos esperando que nuestro sí nos eleve a una posición?

¿Estamos disponibles porque Dios nos lo pidió o porque estamos tratando de mantenernos cerca del foco de atención?

¿Estamos dispuestos a servir en lugares escondidos o solo nos sentimos valiosos cuando nuestro don está visible?

Estas son preguntas difíciles, pero necesarias. Porque una vida Afinada Espiritualmente no se trata solo de hacer las cosas correctamente. Se trata de permitir que Dios afine el corazón tras las respuestas a estas preguntas.

Una de las cosas más difíciles de tener un don es aprender que este no nos exime de la humildad.

El haber sido talentosos en una temporada pasada no nos garantiza visibilidad en la siguiente. Tener experiencia no significa que tengamos derecho a un rol. Ser capaces no significa que nuestro carácter esté listo para cargar con el peso de ser vistos.

Me fue difícil aceptar esto durante un tiempo. No me gustaba la sensación de la humildad. Me gustaba la idea de la humildad, claro, a la mayoría de nosotros nos gusta. Porque la humildad suena poética, se ve sublime y muy bonita en una frase para publicar.

Pero la verdadera humildad es diferente. Es servir cuando nadie está impresionado. Es recibir corrección sin defenderte de inmediato. Es reconocer tu debilidad sin culpar al sonidista, a la mezcla, a los monitores, al salón, al liderato ni al proceso.

La verdadera humildad pregunta: “¿Qué puedo aprender?” antes de preguntar: “¿Por qué no me escogieron?”

Esto no es fácil, pero es santo.

El mensaje que recibí de aquella voluntaria me recordó mi propio camino. Me recordó el dolor de estar disponible, pero no ser elevada. Servir, pero no ser seleccionada. Estar presente, pero no estar colocada donde esperaba. Y lo digo con compasión, no con crítica. Porque yo sé lo que se siente el querer una oportunidad. Sé lo que se siente extrañar ser confiada de cierta manera. Sé lo que se siente cargar un don y preguntarse por qué la puerta no se abre.

Pero he aprendido que Dios nos ama demasiado como para permitir que nuestro don se convierta en el lugar donde se esconde nuestra identidad. A veces Él permite que sirvamos sin ser el foco de atención para revelarnos lo que esta posición estaba haciendo en nosotros. A veces, Él retrasa la oportunidad para fortalecer nuestra postura. A veces permite que nuestra disponibilidad se vuelva incómoda, hasta que nos preguntemos por qué estábamos tan disponibles, al final de todo.

¿Estábamos sirviendo desde la libertad?

¿O estábamos audicionando para sentirnos significativos?

Jesús nunca sirvió para probar quién era. Él sirvió porque sabía quién era. Esa es la diferencia.

Cuando sabemos que somos amados por el Padre, no necesitamos que cada oportunidad confirme nuestro valor. Podemos servir en lo incógnito sin desaparecer. Podemos apoyar el liderazgo de otra persona sin encogernos. Podemos recibir corrección sin derrumbarnos. Podemos no ser vistos por la gente y, aun así, estar profundamente seguros en Dios.

Eso es lo que quiero que Dios siga afinando en mí.

No solo mi don, pero mi postura.

No solo mi disponibilidad, pero mi rendición.

No solo mi servicio, pero mi corazón.

Porque cuando servir empieza a doler, quizás sea una invitación a pausar y preguntar:

¿Este dolor viene de la obediencia o de la expectativa?

¿Mi sí todavía es honesto?

¿He conectado el reconocimiento a mi servicio?

¿Soy lo suficientemente humilde como para ser desarrollado antes de ser mostrado?

Estas preguntas no nos condenan. Nos liberan. Nos ayudan a volver a servir con manos limpias y un corazón más tierno. Sin esforzarnos por probar algo.

Sin actuar, sin audicionar, solo rendidos. Porque en el Reino de Dios, la meta no es ser vistos usando nuestro don. La meta es parecernos más a Jesús mientras lo usamos.

Afinémonos.

Leave a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *

error: Content is protected !!