Hubo una temporada de mi vida en la que tenía una respuesta casi automática: “Yo sé.”
Alguien me corregía. “Yo sé.”
Me daban un consejo. “Yo sé.”
Trataban de señalarme algo en lo que necesitaba crecer. “Yo sé.”
Sinceramente, no recuerdo cuándo comencé a responder así. Creo que ni siquiera me daba cuenta de cuánto lo hacía.
Hasta que uno de mis mentores se cansó.
Estábamos teniendo una de esas conversaciones en las que trataba de ayudarme a ver algo y, aparentemente, dije “yo sé” demasiadas veces.
Con bastante frustración me dijo: “¡Si lo supieras, yo no estuviese teniendo esta conversación contigo!”
Pero él tenía razón.
Y después de escucharlo, ya no pude ignorarlo. Al principio pensé que simplemente tenía que dejar de decir “yo sé”. Pero mientras Dios comenzó a mostrarme lo que había detrás de esas dos palabras, entendí que el verdadero problema no era mi manera de responder.
Era lo que estaba en mi corazón.
A veces mi “yo sé” significaba: Te estoy escuchando. Por favor, no te enojes conmigo.
Otras veces: Por favor, no me rechaces.
A veces era: Yo también veo lo que hice mal. Simplemente no sé cómo cambiarlo.
Pero otras veces, siendo completamente sincera, era puro orgullo. Quería tener la última palabra. Quería asegurarme de que la otra persona supiera que no me estaba diciendo nada que yo no hubiera pensado antes.
Y había otra capa aún más profunda.
Hubo temporadas de mi vida en las que sentí que mi voz no tenía mucho valor y que algunas personas se aprovecharon de ello. Con el tiempo aprendí a protegerla. Y de alguna manera, demostrar que yo sabía se convirtió en parte de esa protección.
Si ya lo sabía, nadie podía tomarme por sorpresa. Si ya lo sabía, quizás no estaba fallando. Si ya lo sabía, quizás no pensarían menos de mí. Lo que parecía seguridad, muchas veces escondía inseguridad.
Y lo que parecía fortaleza, a veces era simplemente una manera de protegerme.
Una vez que Dios sacó esto a la luz, comencé a notar que mi “yo sé” no aparecía solo con mi mentor.
Estaba en mis relaciones. En mi trabajo. En mi liderazgo. Hasta en mis intentos de mejorar como persona.
Y entonces tuve que enfrentar algo incómodo: esa terquedad silenciosa probablemente me había impedido crecer mucho más de lo que imaginaba.
Porque podemos oír a alguien sin realmente escucharlo. Podemos recibir un consejo mientras, por dentro, preparamos nuestra explicación. Podemos recibir corrección mientras construimos nuestra defensa. Podemos hasta asentir con la cabeza mientras nuestro corazón dice: Sí, pero…
Proverbios 12:15 dice: “El camino del necio es recto a sus propios ojos, mas el que escucha consejos es sabio.”
Eso comenzó a confrontarme de manera diferente.
Porque en ese proverbio, la sabiduría no se demuestra sabiéndolo todo. El sabio escucha. Ser enseñable no demuestra falta de sabiduría. Es parte de la sabiduría.
Pasaron varios años.
Un día volví a visitar a ese mismo mentor y a su familia. Y, como tantas otras veces, terminamos en una de esas conversaciones llenas de enseñanza.
Pero esta vez yo estaba callada. Escuchaba. Hacía preguntas. No sentía la necesidad de explicar cada cosa. Después de unos treinta minutos, mi mentor se detuvo. “Joelibeck… ¡no has dicho ‘yo sé’!”
Y entonces me preguntó: “¿Qué pasó? ¿Descubriste por qué sentías esa necesidad de responder así?”
Ya en ese momento sabía el porqué.
No había una sola razón. Había orgullo. Había inseguridad. Había temor al rechazo. Había una necesidad de tener la última palabra. Y también había una niña que durante mucho tiempo sintió que su voz no importaba y que terminó creciendo con la determinación de asegurarse de que ahora sí importara.
Pero Dios también había comenzado a sanar esa parte de mí.
Porque mi seguridad en Cristo comenzó a enseñarme algo que la autoprotección nunca pudo: mi voz puede tener valor sin tener que ser siempre la última.
No tengo que demostrar mi inteligencia. No tengo que demostrar mi discernimiento. No tengo que demostrar que ya lo sabía.
Puedo simplemente recibir.
Hoy siento libertad al reconocer que no lo sé todo. Ser inteligente no me hace omnisciente. Tener discernimiento no me hace infalible. Recordar mucha información no significa que comprenda todas las cosas. Tener experiencia no significa que alguien con menos experiencia no pueda enseñarme. Y tener razón en algo no significa que ya no tenga nada que aprender.
Hay mucha libertad en eso.
Porque cuando mi identidad no depende de parecer que tengo la razón, descubrir que estaba equivocada deja de ser una amenaza.
Puedo decir: “No lo había visto de esa manera.” “Cuéntame más.” “Ayúdame a entender.” “Tienes razón.” “Necesito pensar en eso.”
Y algunas veces puedo simplemente guardar silencio.
Santiago 1:19 nos dice que debemos estar “listos para escuchar” y ser “lentos para hablar”.
Durante mucho tiempo pensé en ese pasaje principalmente como una enseñanza acerca de controlar nuestras palabras.
Ahora también veo una invitación. A veces hablar más despacio le da a la verdad el tiempo suficiente para atravesar nuestras defensas.
He aprendido a fijar la mirada hacia arriba: Dios es la fuente de la verdad. Yo no. Seguir a Jesús también significa renunciar a la necesidad de defender nuestra imagen, nuestra inteligencia y nuestro deseo de tener la última palabra.
Cuando hago introspección, me pregunto: ¿Qué estoy tratando de proteger cuando necesito tener la razón? ¿Orgullo? ¿Inseguridad? ¿Miedo? ¿Rechazo? ¿Alguna herida que me enseñó que equivocarme no era seguro? Dios ya conoce lo que hay dentro de nosotros. No tenemos que esconderlo de Él. Y cuando nuestra identidad está segura en Cristo, tampoco tenemos que protegernos fingiendo que ya no nos queda nada por aprender.
Y cuando pienso en mi respuesta externa… Esa seguridad en Cristo, cambia nuestra manera de escuchar.
Podemos recibir corrección sin explicar inmediatamente nuestras razones. Podemos hacer otra pregunta. Podemos considerar otra perspectiva. Podemos admitir cuando estábamos equivocados.
La humildad no requiere que finjamos que no sabemos nada. Simplemente deja espacio para que Dios nos muestre lo que todavía no sabemos.
A veces lo hace a través de Su Palabra. A veces por medio de la convicción. Y otras veces usa a alguien sentado frente a nosotros para decirnos algo que realmente no queríamos escuchar.
Así que ahora, cuando siento ese viejo impulso de explicar, defender, corregir o responder rápidamente “yo sé”, quiero dejar espacio para una pregunta diferente:
¿Y si todavía hay algo aquí que necesito escuchar?
Porque si realmente quiero crecer, tiene que existir un espacio dentro de mí donde mi necesidad de tener la razón se haga a un lado el tiempo suficiente para que entre la verdad.
Quizás, algunas veces, la rendición no suena como tener la respuesta correcta… sino como guardar suficiente silencio para poder recibirla.
Afinémonos.


