Pensé que a estas alturas sería más fácil reconocer la sanidad. No más fácil. Solo… más fácil de identificar.
Pensé que tendría algún tipo de progresión. Que el dolor dolería un poco menos. Que habría menos preguntas. Que los recuerdos ya no golpearían con tanta fuerza. Que eventualmente podría mirar hacia atrás y decir: Esa herida ya sanó.
Y a veces puedo hacerlo.
Hasta que algo toca una parte que yo no sabía que todavía estaba sensible.
Eso es lo extraño de la sanidad.
Puedes estar genuinamente bien y, de repente, volver a sentir dolor. Puedes reírte hasta que te duela el estómago y llorar esa misma noche. Puedes sentirte profundamente agradecida por la vida que tienes frente a ti y, al mismo tiempo, seguir lamentando algo que quedó atrás. Puedes tener paz y, aun así, preguntarte de vez en cuando: ¿Y si hubiera pasado…?
Durante mucho tiempo creo que interpreté esos momentos como un retroceso.
¿Por qué todavía me duele? Pensé que ya había trabajado en esto. Pensé que Dios ya había sanado esto.
Pero la verdad, y lo difícil es que quizá la sanidad nunca sea tan lineal. A veces la herida original sí ha sanado, pero la vida nos revela otras cosas que quedaron ligadas a ella. Un miedo. Una inseguridad. Una reacción. Una mentira que empecé a creer. Una forma que aprendí de protegerme.
Y de repente me doy cuenta de que no necesariamente estoy volviendo a la misma herida. Estoy descubriendo otro lugar que también fue afectado por ella.
Y eso es diferente.
Salmo 147:3 dice: “Él sana a los de corazón quebrantado y venda sus heridas.”
Siempre me ha encantado la primera parte: Él sana.
Esa es la parte que quiero.
Pero últimamente me he quedado pensando mucho en la segunda parte: Él venda sus heridas.
Porque no vendamos una herida fingiendo que no está ahí, sino que la cuidamos, la cubrimos, la protegemos, le damos las condiciones que necesita para sanar.
Y algunas heridas necesitan ese cuidado durante más tiempo que otras.
Dios ha sanado algunas cosas en mí rápidamente. Pero en otras áreas, Su sanidad se ha parecido más a cuidar algo con paciencia a lo largo del tiempo.
Eso no lo hace menos Sanador. Y tampoco significa que yo esté fallando en mi proceso de sanidad. Tal vez he estado midiendo mi sanidad por cuánto ha dejado de doler algo, cuando también debería estar prestando atención a cuán fielmente Dios me encuentra cuando todavía duele.
He aprendido que mi corazón puede sostener más de una emoción al mismo tiempo. Puedo estar de duelo y aun tener gozo. Puedo sentir dolor y, al mismo tiempo, reconocer que estoy sanando. Puedo tener preguntas y todavía confiar en Dios. Puedo recordar lo que pasó sin seguir viviendo allí. Puedo preguntarme qué habría pasado si… y aun tener paz con lo que sí es.
La Escritura no nos pide que seamos emocionalmente deshonestos para demostrar madurez espiritual.
Pablo describió a los creyentes en 2 Corintios 6:10 como “afligidos, pero siempre gozosos”. Las dos cosas. No primero la tristeza y luego el gozo, una vez que la tristeza desaparece.
Afligidos y gozosos.
Eso ha sido muy liberador para mí. Porque a veces, sin darnos cuenta, tratamos la fe como si tuviera que eliminar toda emoción que parezca contradictoria. Si confío en Dios, no debería sentir miedo. Si estoy agradecida, no debería estar de duelo. Si estoy sanada, esto no debería doler. Si tengo paz, no debería tener preguntas.
Pero la Biblia nos muestra una imagen mucho más humana.
Los Salmos están llenos de personas que llevan delante de Dios su angustia, confusión, temor, recuerdos, esperanza, alabanza y confianza. A veces, todo dentro de la misma oración.
La complejidad de nuestras emociones no intimida a Dios. Él nos encuentra ahí.
Creo que eso es lo que estoy aprendiendo en esta temporada. La sanidad no siempre significa que Dios borre todo rastro de lo que pasó. A veces significa darnos cuenta de que lo que pasó ya no tiene autoridad para definir lo que es verdad.
Y quizá ahora te estés preguntando: “Joelibeck, ¿qué ha pasado para que sientas que estás atravesando duelo otra vez?”
Bueno… un poco de todo.
A veces recuerdo a personas que fueron muy importantes en mi caminar como creyente, como mamá y como esposa, pero que ya no están aquí. Y las extraño profundamente.
Otras veces siento mucho dolor cuando me alegro por una amiga que recibe la bendición de un bebé arcoíris después de una pérdida, mientras que, al mismo tiempo, siento una tristeza profunda porque durante varios meses he estado tratando de ver si podemos concebir otra vez.
Y entonces recuerdo ese pequeño destello de vida que ya me estaba preparando para recibir en este mundo… pero que no llegó a quedarse.
Es una mezcla difícil de explicar.
Gozo por alguien más. Esperanza. Dolor. Recuerdos. Preguntas. Todo al mismo tiempo.
Pero cuando miro hacia arriba, recuerdo que Dios sigue siendo el Sanador.
Él está cerca de los quebrantados de corazón.
No apresura a las personas heridas. No las avergüenza por necesitar cuidado. Y de alguna manera, reconocer que todavía hay partes de mí sensibles me recuerda que Él nunca se ha apartado de mi lado.
Entonces miro hacia adentro y entiendo que no tengo que interpretar cada emoción dolorosa como prueba de que algo está mal conmigo o de que Dios no ha hecho nada. Puedo permitirle que me muestre qué hay debajo de ese dolor sin condenarme por haber descubierto otra capa.
Y entonces, hacia afuera, puedo dejar de fingir que la madurez espiritual significa siempre parecer que todo está bien. También puedo darle permiso a otros para sanar sin exigir que su proceso sea limpio, rápido o fácil de entender.
Quizá eso también es parte de ser libres en Jesús.
No necesariamente dejar de sentir dolor. Sino dejar de tenerle miedo a lo que ese dolor significa. Puedo reconocer que algo todavía está sensible y llevarlo a Él. Puedo descubrir otra capa y dejarlo entrar también ahí. Puedo llorar y aun saber que estoy sanando. Puedo estar de duelo y aun así experimentar gozo.
Puedo tener un “¿y si…?” y aun descansar en un “aun si…”
Porque la sanidad no siempre es una línea recta que va de estar heridos a estar completamente bien. A veces se parece más a ser sostenidos mientras Dios cuida con paciencia lugares que ni siquiera sabíamos que todavía dolían.
Y a través de cada capa, cada recuerdo, cada dolor inesperado… Él permanece.
Tal vez eso era lo que más necesitaba saber. No que cada herida sanaría según mi calendario. Sino que en ningún momento del proceso tendría que caminar sin Él.
Afinémonos.


