¿QUÉ TAL SI LA FRUSTRACIÓN TE ESTÁ FORMANDO?

Hay temporadas en las que me encuentro repitiendo la misma oración una y otra vez: “Dios, ¿puedes cambiar esto, por favor?”

“Dios, ¿puedes cambiar esto, por favor?”

Cambia la situación. Cambia a la persona. Abre la puerta. Cierra la puerta. Muéveme. Arréglalo. Básicamente… haz algo. Y a veces, Dios lo hace.

Pero estoy aprendiendo que la frustración tiene una manera muy particular de convertirse en un espejo.

Revela cosas que probablemente no notaría si todo saliera exactamente como yo quiero.

Mi impaciencia.
Mi necesidad de controlar el resultado.
Mis expectativas.
Mi orgullo.
Mi dependencia de sentirme comprendida, valorada o reconocida.

De repente, la frustración ya no se trata solo de lo que está pasando a mi alrededor. Empieza a revelar lo que está pasando dentro de mí.

Antes pensaba que si algo me frustraba constantemente, algo tenía que estar mal.

Tal vez estaba en el lugar equivocado. Tal vez alguien más tenía que cambiar. Tal vez necesitaba otra oportunidad. Tal vez era tiempo de seguir adelante.

Y a veces, esas cosas sí son ciertas. La sabiduría importa. Los límites importan. Hay situaciones de las que Dios definitivamente nos llama a salir.

Pero no toda situación incómoda es una señal de salida. A veces, la frustración nos da información.

Nos muestra lo que estamos tratando de controlar. Lo que creemos que merecemos. En donde hemos puesto nuestras expectativas. Y donde quizá hemos conectado nuestra identidad con un resultado.

Y si estamos dispuestos a ser honestos, la frustración puede convertirse en una invitación para que Dios examine algo más profundo.

Salmo 139:23–24 dice:

“Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce los pensamientos que me inquietan.
Señálame cualquier cosa en mí que te ofenda y guíame por el camino de la vida eterna.”

Esa oración suena hermosa… hasta que Dios realmente empieza a señalar cosas.

Ha habido momentos en los que estaba convencida de que estaría mejor si Dios simplemente cambiara lo que estaba pasando a mi alrededor. Dame otra oportunidad. Ponme en otro lugar. Quita esta tensión. Haz que alguien finalmente entienda de dónde vengo.

Y entonces Dios me mostraba algo que no necesariamente quería ver: una situación diferente no crea automáticamente un corazón diferente.

Puedo cambiar de ambiente y llevarme conmigo la misma inseguridad. Puedo recibir la oportunidad y todavía necesitar aprobación. Puedo conseguir lo que quería y seguir luchando con orgullo. Incluso puedo tener toda la razón sobre aquello que me frustra y, aun así, responder de una manera que no se parece a Cristo.

Eso duele un poquito.

Porque a veces estoy tan enfocada en determinar si la situación está mal que olvido preguntarme si mi respuesta está bien.

Así que he comenzado a hacerme una pregunta diferente: ¿Qué está revelando esta frustración de mí?

¿Estoy enojada porque me siento ignorada?

¿Estoy irritada porque no puedo controlar el resultado?

¿Estoy ofendida porque alguien no respondió como esperaba?

¿Me preocupa más tener la razón que amar bien?

La frustración no siempre crea esas cosas. A veces simplemente revela lo que ya estaba ahí.

Jesús dijo en Lucas 6:45: “Lo que uno dice brota de lo que hay en el corazón.”

La presión tiene la capacidad de sacar cosas a la superficie, y lo que sale puede enseñarnos mucho.

No para que vivamos avergonzados, sino para que podamos rendirlo.

Muchas veces, ahí es donde Dios comienza a formarme: no quitando toda la presión, sino mostrándome lo que esa presión está revelando.

No fingiendo que estoy bien. No espiritualizando cada emoción. No culpando a todos los demás. Sino teniendo suficiente humildad para orar:

“Dios, muéstrame mi parte.”

Tal vez la situación sí es injusta. Tal vez alguien realmente me lastimó. Tal vez algo realmente necesita cambiar. Pero aun así, quiero que Dios forme mi manera de responder.

Mis palabras, actitud, motivaciones. Mi capacidad de perdonar, de decir la verdad sin ser cruel, de estar en desacuerdo sin dejar de amar, de soltar la necesidad de controlar cómo termina todo.

Ese tipo de formación es incómoda porque requiere asumir responsabilidad. Pero asumir responsabilidad no es lo mismo que vivir en condenación.

Dios no revela cosas en nosotros para avergonzarnos. Las revela para sanarlas, transformarlas y hacernos más como Jesús.

Déjame clarificar algo; todavía oro para que las circunstancias cambien. Todavía le pido a Dios claridad, sabiduría, puertas abiertas, sanidad, restauración y dirección.

Pero estoy aprendiendo a añadir otra oración: “Dios, aun si esta situación necesita cambiar, no permitas que me pierda lo que Tú quieres cambiar en mí.”

“Dios, aun si esta situación necesita cambiar, no permitas que me pierda lo que Tú quieres cambiar en mí.”

Muéstrame dónde está hablando el orgullo.

Dónde está dirigiendo el temor.

Dónde estoy exigiendo algo que Tú nunca prometiste.

Dónde necesito límites más saludables.

Dónde necesito más gracia.

Dónde necesito pedir perdón.

Dónde necesito soltar.

Hazme más como Jesús en medio de esto.

Porque tal vez la madurez espiritual no significa llegar a un punto en el que nada nos frustre. Tal vez significa aprender a permitir que nuestra frustración nos acerque a la verdad en lugar de alejarnos de ella.

Así que si últimamente hay algo que te está sacando de quicio, quizá antes de preguntar solamente:

“¿Cómo salgo de esto?”

pregunta:

“Dios, ¿qué está revelando esto de mí?”

Tal vez todavía necesitas hacer un cambio. Tal vez necesitas tener una conversación difícil. Tal vez necesitas alejarte.

Pero pase lo que pase después, no desperdicies el espejo.

Deja que Él te muestre lo que necesita sanar. Deja que Él corrija lo que necesita ser corregido. Deja que Él ablande lo que se ha endurecido. Deja que Él te forme justo ahí.

Formación por encima de la frustración.

No porque la frustración sea buena. Sino porque Dios es lo suficientemente bueno como para usar incluso eso para hacernos más como Jesús.

Afinémonos.

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