TALENTO SIN ALMA

Durante mucho tiempo pensé que mi talento me iba a sostener. Si alguien necesitaba que cantara, podía cantar. Si había que aprender algo nuevo, casi siempre podía hacerlo. Si una oportunidad estuviera frente a mí, yo sabría cómo manejarla. Y sin darme cuenta, empecé a creer una mentira sutil: si el don es lo suficientemente fuerte, el fruto llegará. Las puertas se abrirán. El ímpetu crecerá. Los resultados vendrán por sí solos.

Pero el talento puede impresionar a las personas mientras la formación interna permanece atrasada. Y de esto no se habla lo suficiente.

Porque en el Reino de Dios, el talento no es lo mismo que la madurez. La habilidad no es lo mismo que la sumisión. Y poder hacer algo para Dios no es lo mismo que haber sido profundamente formado por Él.

Jesús nunca dijo: “Por tu talento darás fruto.”  Él dijo: “Permanezcan en mí… porque, separados de mí, no pueden hacer nada”. Juan 15:5 (NTV).

Este versículo confronta no solo nuestra debilidad, sino también la falsa sensación de fortaleza.

Yo tenía dones. Tenía impulso. Tenía momentos de fruto visible. Pero cuando crecer empezó a exigir consistencia, perseverancia, confianza ciega y humildad para recibir correcciones, comencé a pausar.

Lo que antes me emocionaba empezó a resultarme incómodo. Lo que antes parecía natural comenzó a exponer mis límites.  Y en lugar de inclinarme hacia el proceso, retrocedí en silencio. No de forma dramática. Solo lo suficientemente sutil como para que sonara espiritual.

Si algo no salía bien, decía: “Simplemente no era el momento de Dios.”
Si una puerta se cerraba, decía: “De todos modos, Dios no lo bendijo.”

Pero bajo todo ese lenguaje pulido, había una verdad más difícil: yo no estaba completa. Y mi hiperespiritualidad se había convertido, silenciosamente, en un escondite. La verdad era que mi ambición no siempre nacía de un corazón puro. A veces era inseguridad vestida de confianza. Mi talento se convirtió en algo que sacaba selectivamente, casi como una evidencia.

¿Ves? Todavía puedo. Todavía soy capaz. Todavía sigo estando al tanto.

Pero eso no era fruto. Eso era desempeño, producción. Porque hay una diferencia entre decir: “Mira lo que puedo hacer,” y decir: “Mira lo que Dios ha estado formando en mí.”

Cuando las oportunidades disminuyeron, cuando la visibilidad se apagó y cuando el ímpetu se aplacó, me desmoroné por dentro. No sabía existir sin afirmación. Sin ser vista. Sin sentirme necesaria. Así que empecé a buscar validación en los lugares equivocados. Me quejé de ser pasada por alto. Resentí a quienes todavía seguían “haciendo ministerio”. Llevé cuentas. Repetí decepciones y las llamé injusticias, aun cuando en el fondo sabía que no todo era tan simple.

Entonces la Escritura me confrontó sin suavizar su golpe:

“Obviamente, no estoy tratando de ganar la aprobación de la gente, sino la de Dios. Si agradar a la gente fuera mi objetivo, no sería siervo de Cristo.” Gálatas 1:10, NTV

Este versículo expuso algo más profundo que mi deseo de aplauso. Expuso mi necesidad de aprobación. Y ahí estaba el verdadero problema. Las puertas no se cerraban porque me faltaba talento. Se estaban cerrando porque me faltaba formación.

Dios me llevó a una pausa total, no para castigarme, sino para volver a alinearme. Porque a Él le importa más en quién nos estamos convirtiendo que en lo que estamos produciendo. Más el corazón que la plataforma. Más las raíces que los resultados. Hebreos 12 nos recuerda que el Señor disciplina a los que ama. No para avergonzarnos. No para desecharnos. Sino para formarnos en justicia.

Así que me aparté, no de la adoración, sino de la parte de mí que necesitaba la plataforma para sentirse vista. Yo no necesitaba la distancia del servicio. Necesitaba distancia respecto del ego que se había aferrado a él. Necesitaba ser podada.

Jesús dijo que toda rama que da fruto, el Padre la poda para que dé todavía más fruto (Juan 15:2). La poda se siente como una pérdida, pero en realidad es amor. Y en el silencio, algo comenzó a asentarse dentro de mí: Dios no había terminado conmigo.

“Y estoy seguro de que Dios, quien comenzó la buena obra en ustedes, la continuará hasta que quede completamente terminada el día en que Cristo Jesús vuelva” (Filipenses 1:6, NTV).

Él me hizo ir más despacio. Quitó el ruido. Removió los lugares donde yo me había estado escondiendo detrás del talento. Y en esa quietud, comenzó la obra más profunda. No enseñándome a hacer más, sino a ser íntegra en Él.

Así que aquí va una pregunta que vale la pena contemplar:

¿Le estamos pidiendo a Dios que afile nuestras habilidades cuando, en realidad, Él está tratando de formar nuestro corazón?

¿Y si la demora no es descalificación, sino formación?
¿Y si la temporada escondida no es castigo, sino preparación?
¿Y si la verdadera afinación no tiene que ver con una técnica perfecta, sino con un alma rendida?

El talento es un regalo. Pero sin alma, sin rendición, sin formación y sin permanecer en Él, nunca podrá sostener el peso del llamado.

Afinemos el corazón.

2 thoughts on “TALENTO SIN ALMA”

  1. Rebecca Millan

    Thank you for this blog! So profound and true the words about the priority of being formed day by day to accomplish God’s will and calling. Without Jesus, we can do nothing. How beautiful is to be connected to His love and words.

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