PENSÉ QUE LENTO SIGNIFICABA ESTANCADO

¿Alguna vez has mirado tu vida y, muy dentro de ti, has pensado: “A estas alturas pensé que estaría mucho más adelante?”

Más adelante espiritualmente. Más adelante emocionalmente. Más adelante en tu llamado.
Más adelante en tu proceso de sanidad. Más adelante, en aquello que pensabas que Dios ya habría hecho para este momento.

Yo lo he pensado.

Y si soy sincera, a veces lo que más me incomoda no es que no esté pasando nada. Es que las cosas no están pasando lo suficientemente rápido como para hacerme sentir que estoy avanzando.

Ahí es cuando compararnos se vuelve peligroso.

Ves a alguien avanzando rápido. Le llegó la oportunidad. Su plataforma creció. Recibió la respuesta que esperaba. Su vida parece tomar impulso mientras la tuya se siente… dolorosamente lenta.

Y sin darte cuenta empiezas a preguntarte:

¿Me estoy quedando atrás?
¿Pasé algo por alto?
¿Por qué esto está tardando tanto?

Pero últimamente me he preguntado si quizás he estado midiendo mal, con un método incorrecto. 

Tal vez yo estoy midiendo el crecimiento por su velocidad, mientras Dios mide su profundidad.

Vivimos en un mundo que celebra lo rápido. Resultados rápidos.  Crecimiento rápido.  Promociones rápidas.  Transformaciones rápidas.

Nos gustan las cosas que podemos medir.

Números que aumentan. Puertas que se abren. Metas que podemos tachar de la lista. Algo visible que nos permita decir: “¿Ves? Estoy llegando a algún lugar.”

Y no hay nada malo en progresar. Pero el crecimiento espiritual no siempre se puede medir desde afuera. A veces, la obra más profunda que Dios está haciendo ocurre precisamente donde nadie puede verla.

Colosenses 2:6-7 dice:

“Por lo tanto, de la manera en que recibieron a Cristo Jesús como Señor, ahora deben seguir sus pasos. Arráiguense profundamente en él y edifiquen toda la vida sobre él.”

Arráiguense profundamente en Él.

Las raíces me parecen fascinantes porque su labor más importante se realiza bajo tierra.

Nadie las aplaude. Nadie les toma fotos.  Nadie sabe realmente hasta dónde han llegado. Pero llega el momento en que todo lo que vemos por fuera depende de lo que ocurrió ahí abajo.

He vivido temporadas en las que no veía grandes cambios y asumí que eso significaba que no estaba creciendo.

Yo quería evidencia.

Algo que pudiera medir. Algo que pudiera señalar y decir: “Ahí está. Esa es la prueba de que todo esto está funcionando.”

Pero algunos de los cambios más importantes en mi vida han sido mucho más silenciosos.

Responder de forma diferente a algo que antes me disparaba emocionalmente. Necesitar menos aprobación que antes. Recuperarme más rápido de una decepción. Poder recibir corrección sin ponerme de inmediato a la defensiva. Escoger obedecer aunque nadie se dé cuenta. Aprender a confiar en Dios sin saber exactamente cómo terminarán las cosas.

Tal vez eso no parezca impresionante desde afuera.

Pero no es poca cosa. A veces, la evidencia de que estás creciendo no es que tus circunstancias hayan cambiado. Es que tú ya no eres la misma persona que está parada en medio de ellas.

Un árbol puede crecer muy alto en poco tiempo y, aun así, tener raíces débiles. Y cuando llega la tormenta, la altura deja de impresionar tanto.

Lo que importa es si puede mantenerse firme.

Creo que, espiritualmente, nos puede pasar lo mismo. 

Podemos estar tan enfocados en llegar a algún lugar que se nos olvida preguntarnos si estamos convirtiéndonos en alguien capaz de permanecer fiel cuando lleguemos.

Y parece que a Dios eso le importa mucho más de lo que a veces me importa a mí.

La Biblia está llena de personas cuyo proceso tomó mucho más tiempo del que probablemente imaginaron.

David fue ungido rey mucho antes de sentarse en el trono. José recibió un sueño mucho antes de entender todo lo que ese sueño le iba a costar.

Moisés pasó años en el desierto antes de regresar a Egipto.

Sus historias me recuerdan algo: Dios no se pone nervioso con los procesos largos como solemos nosotros.

Nosotros vemos demora.  Dios ve raíces.

Nosotros vemos que nada está pasando. Dios ve preparación.

Nosotros vemos una temporada que quisiéramos acelerar. Dios ve algo que se rehúsa a apresurar.

Y esta es la parte que me confronta.

Porque a mí me gusta ver fruto. Me gusta ver que algo está pasando. Me gusta saber que el trabajo, la oración, la obediencia o el sacrificio produjeron algo.

Y claro que a Jesús también le importa el fruto.

Pero en Juan 15, el fruto proviene de un lugar muy específico: permanecer en Él.

Jesús dice:

“Yo soy la vid; ustedes son las ramas. Los que permanecen en mí y yo en ellos producirán mucho fruto.”
—Juan 15:5

Permanecer viene antes que producir. La conexión viene antes que los resultados visibles. La profundidad viene antes que el fruto que puede sostenerse.

Y quizás por eso Dios a veces se rehúsa a moverse a la velocidad que yo escogería.

Porque Él no solo está pensando en lo que quiere hacer a través de mí. Le importa profundamente lo que está formando en mí.

Y esa idea me ha dado mucha libertad.

Tal vez ir lento no significa automáticamente estar estancada. Tal vez estar escondida no significa haber sido olvidada. Tal vez una temporada sin avances evidentes no sea una temporada desperdiciada. Y tal vez no estoy atrasada simplemente porque mi vida no se parece al calendario de otra persona.

Dios nunca me ha pedido que avance al ritmo de alguien más. Me ha pedido que permanezca en Él.

Y eso cambia por completo la pregunta.

En vez de vivir preguntándome: “¿Por qué no estoy más adelante?”

Quizás debería preguntarme: “¿Estoy más profundamente arraigada en Jesús que antes?”

¿Confío más en Él? ¿Estoy más segura de quién Él dice que soy? ¿Respondo con más gracia? ¿Estoy más dispuesta a rendirme? ¿Puedo obedecer sin necesidad de una recompensa inmediata? ¿Puedo seguir siendo fiel cuando mi crecimiento parece invisible?

Porque si esas cosas están ocurriendo, entonces sí estoy creciendo. Aunque el crecimiento esté ocurriendo bajo tierra. 

No quiero una vida que solo parezca madura. Quiero una vida que pueda resistir tormentas. No quiero un llamado que mi carácter no pueda sostener. No quiero fruto visible que crezca de raíces superficiales.

Quiero profundidad. Y la profundidad casi nunca se construye rápido.

Así que si últimamente has mirado tu vida pensando: “A estas alturas pensé que estaría mucho más adelante…”

Tal vez no estás tan estancado como crees.

Tal vez Dios está haciendo algo bajo la superficie que la velocidad jamás podría lograr.

Sigue permaneciendo. Sigue obedeciendo. Sigue dejando que tus raíces crezcan profundamente en Él.

Porque Dios no está simplemente tratando de llevarte rápido a algún lugar.

Está formando algo dentro de ti que permanezca.

Afinémonos.

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